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Publicado el 1 de Diciembre del 2000
La Autoridad de la Biblia (II de IV):
La Inspiración de las Escrituras
A. El significado de "inspiración".
El texto clave aquí es 2 Ti.
3:16: "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar,
para redargüir, para corregir, para instruir en justicia". La palabra
traducida "inspirada' es 'theopneustos', que literalmente es "exhalada",
no "inhalada" o "inspirada". Es decir, lo que afirma
Pablo es que Dios ha exhalado la Escritura, que ésta tiene el soplo
divino, y que por la tanto la Biblia es un producto divino y debe reconocerse
como tal. Las Escrituras son, literalmente, las palabras de Dios, de
aquel Dios que nunca miente (Nm. 23:19; Tit. 1:2).
Otro texto fundamental es 2 P.
1:21: "porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana,
sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el
Espíritu Santo'. Aquí la palabra traducida 'inspirados' es 'feromenoi",
que significa más exactamente "impulsados". El Espíritu Santo
impulsó a los hombres escogidos y preparados por Dios como portavoces
suyos (Jer. 1:4,5; Gá. 1:15,16), guiando, iluminando y controlándolos,
con el fin de que plasmaran por escrito la revelación divina. Así es
que en 1 P. 1:10-12, el apóstol describe como el Espíritu Santo estaba
dentro de los profetas, revelándoles y anunciando por medio de ellos
las grandes verdades de la salvación, verdades que ellos mismos eran
incapaces de comprender en toda su plenitud. Lo que es inspirado, por
lo tanto, no son los hombres que escribieron, sino el producto escrito,
las Escrituras bíblicas.
En el A.T. el aliento de Dios o su
espíritu son expresiones que hablan de la manifestación activa de poder
divino, en creación (Sal. 33:6; Job 33.4, cp. Gn. 1:2; 2:7), en preservación
(Job. 34:14), en revelación a y por medio de los profetas (Is. 48:16;
61:1; Mi. 3:8; Jl. 2:28-29), en regeneración (Ez. 36:27) y en juicio
(Is. 30:28,33). Es en el N.T. donde este hálito o soplo divino se revela
como Persona divina (Jn. 14:16-17, 26; 15:26; 16:13-15). Así comprendemos
que "el Hálito de Dios", el Espíritu Santo, produjo los Escritos
Sagrados (2 Ti. 3:15, lit.) como medio de transmitir al hombre conocimientos
espirituales.
Por lo tanto, cuando hablamos
de la inspiración de las Escrituras, queremos indicar
1) que el origen y la esencia de las Escrituras son divinos;
2) que las Escrituras, como divinamente producidas, son completamente
fiables y fidedignos;
3) que el Espíritu Santo influyó en los autores humanos de los libros
bíblicos (los profetas, los salmistas, los sabios y los apóstoles) de
tal forma que, como instrumentos humanos en la revelación divina, lo
que hablaron y escribieron son las palabras de Dios.
A la luz de lo dicho, podemos
definir la inspiración bíblica como el proceso total por el cual Dios
impulsó a hombres escogidos y preparados por Él para que escribieran
exactamente lo que Él quiso que fuera escrito para comunicar el conocimiento
de la salvación a su pueblo, y a través de ellos, al mundo. La inspiración
garantiza la veracidad de todo lo que la Biblia afirma.
El problema que se nos plantea,
sin embargo, puede formularse así: ¿cómo es posible que un libro sea
a la vez humano y divino, que tenga muchos autores humanos y un solo
autor divino?. En cierto sentido, nos encontramos con el mismo problema
al hablar de la naturaleza del Señor Jesucristo: ¿Ccómo se combinan
en un solo ser una naturaleza perfectamente divina y una naturaleza
plenamente humana? Es interesante reflexionar sobre los paralelos entre
el proceso de la encarnación y el proceso de la redacción de las Escrituras.
En cuanto a éstas, examinemos más de cerca este proceso.
B. El modo de la inspiración.
Resumiremos este apartado mediante
los siguientes puntos:
1) Las Escrituras no definen exactamente la naturaleza,
el modo y las limitaciones de la inspiración, aunque nos proporciona
ilustraciones (2 Cr. 15:1; Mt. 22:43; 2 P. 1:21).
2) Al escribir la revelación dada por Dios, "la personalidad
del autor humano no fue anulada. Muchos de los libros contienen pasajes
que revelan que la preparación previa y las características peculiares
del autor fueron utilizadas por el Espíritu Santo y aun pueden ser de
importancia para el mensaje" (Hammond). Warfield lo expresa así:
"Al querer Dios dar a su pueblo una serie de cartas como las de
Pablo, preparó a un Pablo para escribirlas, y el Pablo que trajo a esta
tarea fue un Pablo que escribió de forma espontánea exactamente este
tipo de cartas".
3) Como conclusión lógica del punto anterior, podemos
afirmar que la inspiración no debe entenderse en términos de un dictado
mecánico ni de escritura automática, ni ningún otro proceso que involucrara
la suspensión de la actividad mental del autor humano.
"Se ha empleado la figura
de un músico que toca una flauta, y modernamente, la del mecanógrafo
que escribe en su máquina de escribir lo que le dictan sin participación
personal en la redacción. En este caso, los autores humanos no pasarían
de ser instrumentos pasivos, al modo de la flauta y la máquina de escribir.
No es posible justificar este concepto por el estudio de la Palabra
misma, ya que los profetas y los apóstoles meditan y aprenden antes
de hablar, y se distinguen por su temperamento y su preparación, manifestándose
rasgos de su personalidad en sus escritos. El Espíritu se vale de personas
humanas, obrando a través de sus dones y su experiencia, pero de tal
forma que el mensaje que resulta tiene soplo de Dios" (Trenchard).
4) Por otra parte, aunque el autor humano hiciera hasta
trabajos de investigación antes de escribir (Lc. 1:1-4), "las Escrituras
mismas afirman que el Espíritu de Dios controló al escritor a fin de
que no introdujera defecto humano alguno (como historia falsa, descripciones
imprecisas o doctrinas erradas) de tal naturaleza que viciara la revelación
contenida en el escrito o echara a perder su autoridad" (Hammond).
El hecho de que Dios no borró
la personalidad, estilo y condicionantes culturales de sus portavoces
no significa que ellos distorsionaron la verdad que tenían que transmitir.
En cuanto a su forma, cada libro bíblico es la creación literaria de
su autor humano, pero en cuanto a su contenido, es la creación teológica.
de Dios. Los profetas (Jer. 1:7; Ez. 2:7; Am. 3:7), el Señor Jesucristo
(Jn. 7:16; 12:49) y los apóstoles (1 Co. 2:9-13) reconocieron unánimemente
este hecho.
5) La inspiración no abarca corrupciones en la transmisión
del texto sino sólo el texto como originalmente producido por los autores
guiados por el Espíritu. Habiendo dicho esto, es importante recalcar,
en palabras de Sir Frederick Kenyon (director en su día del Museo Británico
de Londres y una autoridad principal sobre cuestiones del texto bíblico),
que "el lector de hoy puede seguir sus estudios bíblicos con la
seguridad que el texto que tiene delante no difiere en nada esencial
de aquel que salió de las manos de los autores inspirados
6) El concepto de la inspiración divina de las Escrituras
no tiene nada que ver con el adjetivo de "inspirados" aplicado
a veces a los autores de las grandes obras literarias.
C. Grados de Inspiración.
Aunque a veces se ha usado el
concepto de distintos grados de inspiración para diferenciar entre partes
de la Biblia escritas expresamente para que las aceptemos como doctrina
cristiana (p ej., las cartas de Pablo) y otras partes que contienen
conclusiones humanas falsas (p. ej. algunos argumentos de los amigos
de Job, algunas conclusiones de Eclesiastés), es mejor no intentar establecer
grados de inspiración, sino hablar en términos de distintos propósitos
en la inspiración de determinadas partes de las Escrituras.
Timoteo Glasscock

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