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Publicado el 27 de Marzo del 2001
El Libro de Nahum (IX de X)
El Juicio Expresado (cap.3)
C. La ejecución del juicio (12-19)
La ejecución del juicio de Dios
deja toda la tierra totalmente debilitada. Ya se han oído los
sonidos que advierten de la proximidad del juicio divino; ya se ha repasado
la historia para terminar por reconocer que el juicio de Dios llegará
en el momento en que él lo considere oportuno. Y la pregunta
del hombre ante esta tremenda realidad no puede ser otra que: "¿En
qué podremos confiar?". Este era el argumento que el Rabsaces
del rey de Asiria presentó ante Ezequías y sus siervos,
cuando los tenían sitiados en Jerusalén, al afirmar en
su discurso ante el muro: "¿Qué confianza es esta
en que te apoyas?" (2º Rey. 18:19) Para el ser humano natural
el apoyar la confianza completa en Dios y su poder es una tremenda "necedad",
por que el hombre natural es un ser que necesita ver para tener una
completa seguridad; y la confianza en Dios 'es tan etérea'. Pero,
a lo largo del desarrollo del juicio de Dios, vemos como Dios descubre
la total debilidad de las fuentes de confianza de los Asirios, de las
fuentes de confianza de cada ser humano, que están al margen
de Dios. Y esta es la idea que se quiere enfatizar al finalizar esta
profecía: Cuando Dios derrame su juicio, no habrá ninguna
fuente de confianza que se pueda mantener en pie, solo Dios puede dar
seguridad absoluta a la vida del hombre.
a. La debilidad de las defensas (12-13)
La primera debilidad que se nota ante
la presencia del juicio de Dios es la debilidad de las defensas. Las
murallas, los recursos humanos, aquello que hay que oponer en primer
término ante el enemigo. Para los ninivitas, como venimos diciendo,
sus murallas eran la fuente principal de su confianza; ¿quién
las podría superar?. Dentro de las murallas estaba uno tranquilo.
Pero la manifestación del juicio de Dios hace que aquellas murallas
que parecían tremendamente sólidas e imposibles de derrumbar
vengan a ser como higueras con brevas, las cuales una simple sacudida
hace caer. Fíjate la endeblez de tus fortalezas, su debilidad
es evidente, una pequeña sacudida y permitirán que el
invasor alcance el fruto que venia buscando.
Pero tampoco el potencial de tu pueblo preparado
para la guerra será un potencial capaz de hacer frente y detener
el avance de la severidad de Dios. Tu temido ejército, todo ese
pueblo que era conocido como los leones que amedrentaban nada más
abrir su boca (2:11-12). ahora, ante el ejército de Jehová
no es más que un ejército de mujeres. Entendemos este
término dentro del trasfondo cultural de un tiempo donde la mujer
no tenía valor alguno en el trasfondo social, y mucho menos en
el campo de lo militar. Hablar de mujeres como la fuente de defensa
era como decir que no había absolutamente nada que hacer, que
no había ninguna posibilidad de hacer frente al enemigo.
b. La debilidad de la provisión
(14-15)
La segunda debilidad que el pueblo se encontrará al enfrentarse
ante el juicio de Dios es que nada de lo que halla preparado le servirá
finalmente. Nunca será suficiente lo que el hombre pueda hacer
a la hora de presentarse ante el Señor. Ninguna obra, ningún
recurso, nada de valor tendrá el hombre que en el día
del juicio de Dios pueda servirle para traerle un mínimo de seguridad.
Más aún, la provisión
que el hombre ha hecho, todo de lo cual el hombre se ha cargado para
presentarse ante el juicio de Dios, se volverá en su contra,
el fuego del horno se volverá contra ti, la espada de tu defensa
se tornará en tu contra, el pulgón que tenias dominado
consumirá toda tu esperanza. Cuán poco sirven los esfuerzos
ante el Dios Todopoderoso, cuán poco valor tienen las más
grandes empresas del ser humano cuando Dios viene a demandar la honra
que solo él se merece.
Hablar de provisiones a todos nos suena a hablar
de esfuerzos u obras humanas para aplacar la ira de un Dios justo. Pero
lo triste es que el hombre no termina de reconocer que ante la realidad
de un Dios santo, la mejor de las obras del ser humano es como "trapos
de inmundicia" (Is. 64:6)
c. La debilidad de los recursos (16-17)
La tercera debilidad que se descubre cuando
Dios ejecuta su juicio es la debilidad de los recursos, la debilidad
de las posesiones, la vanidad de los graneros. Nínive era una
ciudad poderosa económicamente, sus mercaderes eran reconocidos,
era un centro reconocido del comercio mundial. Pero también gran
parte de sus riquezas eran el resultado del despojo y la rapiña
a que habían sometido a las naciones vecinas.
Pero también parte de sus recursos eran
en lo militar, tenía una gran riqueza económica, y esto
le permitía tener un ejército incontable y poderoso, príncipes
y grandes, gente de poder y renombre, hombres con capacidad para enfrentar
y traer seguridad ante cualquier situación.
Cuando se manifiesta el juicio de Dios, entonces
de nada sirve ni posesiones ni posiciones. Cuando sale el sol se van
y no se sabe donde están. No traen seguridad por que en el momento
en que se las necesita desaparecen.
Esta es la situación de muchas personas
que creen que pueden comprar la paz con Dios. En las guerras del tiempo
de los ninivitas, al igual que hoy en día, todo se podía
solucionar con una cantidad de dinero; pero esto no servía ante
el juicio de Dios. Dios no esta preocupado por las posesiones, él
está preocupado por la justicia y la honra que su Nombre merece.
Que ridículo el ver a hombres que quieren tratar a Dios como
un mercader. No vale ningún recurso, ninguna posición,
ante las demandas de Dios. Grandes y pequeños, ricos y pobres,
Dios no hace diferencias, todos están expuestos igualmente ante
el juicio de Dios y todos tienen que saldar la misma deuda: LA MUERTE.
d. La debilidad de las alianzas (18)
La cuarta debilidad que se manifiesta
ante el juicio de Dios es la debilidad de las alianzas, la debilidad
de las amistades o relaciones que el hombre pueda tener. Las alianzas
pueden ser útiles en medio de conflictos internacionales, pero
ante la realidad de Dios y su justicia, de nada sirve la más
poderosa de las alianzas, el amigo más poderoso o más
fiable, de nada sirve ante la tremenda realidad del juicio de Dios.
Los pastores, aquellos que velaban por tu seguridad,
aquellos en que te apoyabas en los momentos más difíciles,
ante el juicio de Dios nada pueden hacer. Tus nobles o tus valientes,
aquellos que cada vez que se ponen en la batalla el enemigo tiembla,
ahora no se presentan para defenderte. Tu pueblo del que te jactabas
por su poder, ahora está disperso y no es una ayuda. Lo triste
es que nadie puede solucionar esta realidad; nadie puede reunir tu pueblo.
El juicio de Dios debilita de tal forma los recursos que no quedan alternativas.
El hombre quiere ganar amigos para que en el
momento de necesidad puedan ser un apoyo. El hombre busca amistades
importantes, pero ante el juicio de Dios nadie tiene la influencia suficiente.
Amistades de poder, pero qué poder puede tener cualquier ser
humano ante Dios. Amistad con Dios, por medio de la religión
o las buenas obras; pero Dios no quiere hombres que intenten ganarse
su favor. No importa, ante la realidad de juicio de Dios no hay nada
que el hombre pueda presentar y que llegue a ser suficiente.
e. La debilidad de la condición humana
(19)
En quinto lugar, el Señor llama
a los ninivitas a que dejen de mirar a todas las fuentes de confianza
que pudieran tener, ya han tenido que notar la debilidad de las mismas
ante la realidad del juicio severo de Dios, y les llama a mirar a su
propia condición, donde han terminado como consecuencia de haber
abandonado a Dios, de haberle dejado al margen en su experiencia personal.
La exclamación del profeta es tremenda:
"No hay remedio para tu quebranto, tu herida es incurable...".
No busques más soluciones en la humanidad, no busques más
medicamentos que puedan alargar tu vida, el mal que mora en ti, tu pecado,
está realizando sus efectos y no hay esperanza de solución
para tu vida.
Que triste es la experiencia de aquellos que
en un momento u otro tienen que reconocer que por más que luchen
no hay nada que pueda solucionar su estado. Dios tiene el medicamento
en su poder, pero hay un momento en el cual él retira este medicamento
del alcance de aquellos que lo han rechazado vez tras vez. Nínive
tenía que terminar por reconocer que no había esperanza
ninguna para ella, que habían desperdiciado todo cuanto Dios
les había ofertado en su misericordia y que ahora estaban expuestos
ante Dios a quien tendrían que dar cuentas.
f. Conclusión. ¡Quién
se mantendrá en pie ante el ardor de su ira? (1:6)
En este momento, a modo de conclusión
retorna a nuestra mente aquel texto del capítulo primero: "¿Quién
se mantendrá en pie ante el ardor de su ira?" (1:6). Muchos
hombres, algunos de los también llamados cristianos, intentan
por sus recursos mantenerse en pie ante la ira de Dios, sin ser capaces
de reconocer su debilidad. Consciente o inconscientemente nos valoramos
en demasía, creemos que podemos hacer grandes cosas, pensamos
que el hombre puede. Siempre me llama la atención la letra de
aquel coro:
"Yo pensaba que el hombre era grande por su poder,
grande por su saber, grande por su valor.
Yo pensaba que el hombre era grande y me equivoqué,
pues grande solo es Dios.
Muchas veces el hombre buscaba ser como Dios,
quería ser como Dios, soñaba ser como Dios.
Muchas veces el hombre soñaba y se despertó,
pues grande solo es Dios."
El hombre que se ve a si
mismo, y se cree el centro de todo, que piensa en su grandeza, en su
dominio, etc. Sin embargo, como bien dice el estribillo de este coro:
"Sube hasta el cielo y lo verás
que pequeñito el mundo es
sube hasta el cielo y lo verás.
Como un juguete de cristal,
que con cariño hay que cuidar,
sube hasta el cielo y lo verás"
La perspectiva del hombre
cambia cuando la vemos desde la altura, pero mucho más cuando
aprendemos a ver al hombre desde la perspectiva de Dios; es entonces
cuando terminamos por afirmar con el salmista: "¿Qué
es el hombre...?" (Sal. 8:4). Es entonces cuando tenemos que terminar
por reconocer nuestra pequeñez, nuestra debilidad, y la insuficiencia
de cualquier cosa que nosotros podamos pretender presentar ante Dios.
o No es suficiente nada de lo que podamos
presentar pretendiendo enfrentar al Dios todopoderoso.
o No es suficiente nada de lo que podamos
presentar ante Dios pretendiendo justificarnos delante del Dios perfectamente
Santo.
o No es suficiente nada de lo que podamos
presentar ante Dice intentando con ello comprar el favor de Dios y saldar
nuestra deuda.
o No es suficiente ninguna de las relaciones
que el hombre pueda mantener pretendiendo agradar a Dios con ello, intentando
ponernos al igual de Dios, ni religiones ni relaciones sirven ante Dios.
o No es suficiente nada de lo que podamos
presentar ante Dios porque nosotros estamos infectados con una enfermedad
incurable, el pecado, cuya única solución está
en Dios, por ello nada, absolutamente nada de lo que nosotros podamos
presentar tiene valor ante los ojos de Dios.
Eduardo Carnero

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