|
|
|
Siguiente
|
 |
|
Publicado el 16 de Diciembre del 2000
La Esencia de la Evangelización (III de VI)
El Evangelio Eterno (II)
(B) EL CONTENIDO DEL EVANGELIO
b.1. Los acontecimientos del evangelio (1ª
Co. 15:1-5)
En Jerusalén habían ocurrido ciertas cosas
delante de los ojos de los testigos del evangelio (Le. 1:1; 24:14, 18).
Una serie de acontecimientos significativos y con un carácter histórico,
que nadie podía negar y que suponían el centro de su mensaje. Sobre
todos se describen dos acontecimientos reales, objetivos e históricos
que formarían el núcleo de su testimonio. Estos acontecimientos que
el apóstol Pablo recoge en cuatro sucesos en 1a Corintios,
realmente enfatizan dos solos sucesos, que son:
La muerte de Cristo y su confirmación en la sepultura (3-4)
La resurrección de Cristo y su confirmación en las apariciones (5 ss.)
Pero
los apóstoles no presentaban estos hechos como meros eventos históricos,
sino que veían mucho más allá para presentarlos como sucesos salvíficos.
Pablo tenía muy claro este concepto al escribir: "...Cristo murió
por nuestros pecados..." (lª Co. 15:3; Gá. 1:4) y que "...
fue resucitado para nuestra justificación..." (Ro. 4:25).
Para Pedro la resurrección era la vindicación divina
de la persona de Jesús: "(Vosotros lo) matasteis más Dios (lo)
levantó..." (He. 2:23-24; 3:13-15; 5:30-31), siendo Dios quien
entra en la escena para invertir el veredicto de los hombres, arrebatando
a Cristo del lugar de maldición donde los hombres le habían colocado
y exaltándolo a su diestra como Señor, el Cristo Salvador.
b.2. Los testigos del evangelio
El testimonio del Antiguo Testamento
(lª Co. 15:3-4; Le. 2:44 ss.; He. 26:22,33). Son múltiples las referencias
neotestamentarias que nos llevan a reflexionar en las profecías del
Antiguo Testamento. En numerosas ocasiones son los Pablo, Pedro, etc.,
quienes tienen que citar la frase: "...conforme a las Escrituras...".
Resulta indudable que los apóstoles conocían los escritos veterotestamentarios,
y que aprendieron mucho acerca de Jesús, tras su resurrección, al relacionar
el cumplimiento de las Escrituras con su muerte y resurrección.
Jamás las palabras de Jesús dejarían de resonar
en sus oídos: ". . . era necesario que se cumpliese todo lo
que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en
los salmos..." (Le. 24:44). Era por ello que los apóstoles
afirmaban que ellos no eran innovadores; no eran los inventores del
mensaje (He. 26:22-23)
E1 testimonio de los Apóstoles (Le.
24:48; He. 1:8; 2:32; 3:15; 5:32; 10:39-42). Los apóstoles, al narrar
los hechos relatados en el Nuevo Testamento, lo hacen en calidad de
testigos oculares, o como investigadores de contrastada solvencia. La
naturalidad con que sus relatos son presentados, incluso aquellos que
se refieren a hechos sobrenaturales; y el realismo que rodea cada escrito,
encaja perfectamente con el sentimiento de ser veraces y la responsabilidad
que sentían en cuanto al propósito de su testimonio (2aPe. 1:16; lª
Jn. 1:1-3; Le. 1:1-4).
Es evidente, que los escritores
del Nuevo Testamento, no se dedicaron a fundir algunas enseñanzas de
Jesús, algunos conceptos judaicos y algunos elementos de la filosofía
helénica, para fundar una nueva religión. Ellos tenían una tremenda
carga por el "Kerigma" la proclamación de los hechos históricos
cuyo protagonista era Jesús; y por la "didache", la enseñanza
recibida de Él y confirmada por el mismo Espíritu (Jn. 14:26).
No existe ningún motivo, con un verdadero fundamento,
para dudar de la fidelidad de los Apóstoles a su labor de ser testigos
de aquello que vieron, oyeron y palparon, es decir, de su fidelidad
a Cristo mismo. Su ejemplo de entrega, incluso entregando sus propias
vidas en defensa del testimonio que habían guardado nos relata con total
claridad que su testimonio es irrefutable.
b.3. Las afirmaciones del evangelio
"La palabra del Señor es palabra de
Dios y palabra acerca de Dios: no es palabra de opinión humana, y el
predicador no está cumpliendo su cometido cuando deja de presentar al
pueblo las grandes afirmaciones del Evangelio" (David Anderson;
rector de Wycliffe Hall). El evangelio es el compendio de lo que Dios
ha afirmado con su autoridad para que nosotros creamos. Estas afirmaciones
no pueden ser obviadas en ningún momento. Estas afirmaciones básicas
tienen su centro en Cristo, pues, Él es el evangelio. Él es su centro,
por tanto, las afirmaciones del evangelio deben tenerle a Él como protagonista.
Estas afirmaciones del evangelio se refieren
no solo a lo que hizo o representaba Cristo hace diecinueve siglos;
si no que se refieren a lo que es el Cristo contemporáneo. El Cristo
histórico es el Cristo contemporáneo (Stott). No podemos separar la
realidad bíblica acerca de Cristo de su realidad actual. El no está
sujeto a cambios como nosotros, su persona, su carácter y autoridad,
tanto como su mensaje, están fuera de cualquier discusión subjetiva,
que intente negar estas afirmaciones.
Jesús es el Señor
(Ro. 10:9; 14:9; Fil. 2:9-11; lª Co. 12:3). Cristo murió y resucitó
para ser Señor, afirma Pablo. Esta es una afirmación esencialmente cristiana
que no puede ser realizada sin la intervención del Espíritu Santo iluminando
el entendimiento (lª Co. 12:3). La soberanía y señorío de Cristo son
consecuencia directa de su muerte y su resurrección.
Su posición sentado a la diestra de Dios es
el símbolo de esta autoridad que solo Él posee. Una autoridad universal
de Cristo, en mérito de la cual, Él tiene todo el derecho para otorgar
bendición y exigir sumisión en medio de todos los hombres. Él otorga
su bendición al derramar el Espíritu Santo como el precursor de un nuevo
tiempo en la iglesia (He. 2:33).
Es desde el trono que Jesús derrama bendición,
pero es también allí donde Él espera sumisión. Dios le ha hecho Señor
y Cristo, afirma Pedro (He. 2:36). Dios había anulado el veredicto de
los hombres contra Jesús, y ahora exigía que cada uno de forma personal
hiciese lo mismo; declarando a Cristo como el único Señor de sus vidas.
No es posible tratar al Jesús del evangelio de otra forma. No es posible
ser seguidor de Cristo dejando al margen el ser siervo de Cristo.
Jesús es el Salvador
(He. 2:3 6). Es en este punto donde también descubrimos la otra gran
aseveración del evangelio. Quizá debiera de ir antes, pero nos olvidamos
con mayor facilidad del señorío de Cristo sobre nuestras vidas que de
su salvación. Es en Jesús, donde el evangelio ofrece buenas nuevas de
perdón a quienes como cada uno de nosotros no las merecen.
Cuando nos acercamos al evangelio podemos notar
que el gran símbolo del evangelio es una cruz no una balanza. La balanza
nos habla del mérito, del cúmulo de esfuerzos que cada uno debe presentar
para lograr equilibrar la balanza de justicia. La cruz nos habla de
sustitución, del regalo de la gracia de Dios que reconociendo nuestra
incapacidad para equilibrar la balanza de la justicia presenta a Jesús,
el Cristo, como nuestro Salvador.
El mundo hoy en día, este mundo relativista,
plural y tecnificado; sigue esperando escuchar estas afirmaciones y
verlas reflejadas en vidas de aquellos que han sido impactados y renovados
por ellas. Desea escucharlas y verlas de una forma que le hablen con
claridad al hombre de hoy. "Jesús es el Señor", "Jesús
es el Salvador" ¿Está siendo este nuestro mensaje?; ¿está siendo
este nuestro ideal de vida?
b.4. Las promesas del evangelio
Pero en cuarto lugar, al considerar el contenido
del evangelio, tenemos que notar lo que Cristo ofrece ahora y sus promesas
para con aquellos que acuden a Él. El evangelio, las buenas nuevas,
no solo se refieren a lo que Cristo hizo una vez en la historia, sino
que trascienden mucho más allá, para ser un mensaje actual diciéndonos
lo que Él ahora es; más aún, nos presenta lo que ofrece en el presente
como resultado de toda su obra y de la realidad de su identidad. En
efecto, el mensaje del evangelio es un mensaje liberador; libera al
hombre de las esclavitudes del pecado, la muerte y todas las ataduras
de su pasado de rebelión contra Dios. Pero es en este sentido que tenemos
que considerar una afirmación como la de Michael Ramsay: "Sabemos
de qué queremos liberar a los hombres. ¿Sabemos acaso para qué queremos
liberar a los hombres?". Verdaderamente tenemos muy claro el pecado,
su esclavitud y la necesidad de la redención; pero muchas veces de nuestra
mente se escapa el propósito divino al liberarnos de la tiranía de nuestro
ego, para ser instrumentos útiles para su gloria.
Es en su sermón en Pentecostés que Pedro menciona
dos de los beneficios que obtienen todos aquellos que creen y se aferran
al evangelio:
Perdón de pecados (Le. 24:47; He. 3:19; 10:43; 13:38; He. 2:37-38)
Presencia del Espíritu Santo (He. 2:33, 38)
En primer lugar está el perdón, el cual es
un componente esencial del evangelio. Por poco popular que pueda sonar
un mensaje en donde el hombre se presenta como necesitado de perdón,
como pecador, el perdón continúa siendo la gran necesidad del hombre
en la actualidad. El hombre sigue cargado con la lacra de su pecado,
el hombre sigue viviendo esclavo y deudor ante la santidad de Dios.
El hombre precisa urgentemente del perdón que solo Dios ofrece. Este
es también una parte fundamental del evangelio: ". . .por medio
de Él (Cristo) se os anuncia perdón de pecados..." (He. 13:38).
Pero Cristo ofrece mucho más que perdón para
nuestro pasado de rebelión. Él ofrece una vida nueva en el presente
por medio de la regeneración y la presencia del Espíritu Santo en nosotros.
Y es esta presencia del Espíritu en nuestras vidas capacitándonos para
vivir una experiencia presente nueva, la que garantiza y sirve como
aval de una tercera promesa:
Herencia en los cielos
Ya no estamos esclavizados
de las limitaciones de este cuerpo, ya no existe desesperación, porque
estas promesas forman parte de la verdadera liberación que Cristo trae
a la vida de aquellos que depositan su confianza en Él. Una liberación
que el hombre de hoy se esfuerza en buscar, pero que no la halla. La
verdadera libertad va más allá de la liberación de los sentimientos
de culpabilidad, comprende la liberación de la esclavitud al ego, a
nosotros mismos. Es solo cuando el hombre es rescatado de sus sentimientos
de culpa y de su egocentrismo que está dispuesto para entregarse al
servicio de Dios y de los demás. Es solo en este servicio a Cristo que
encontramos verdadera libertad. (Stott)
b.5. Las demandas del evangelio
Pasamos de las promesas a las demandas.
Las promesas agradan, las demandas asustan. Pero es necesario que entendamos
que la oferta del evangelio exige cambios en la conducta. Somos liberados,
pero para que vivamos la libertad; somos salvos, para que vivamos la
salvación; tenemos paz, para que vivamos la paz. Es para preocuparse
cuando estas realidades no forman parte de la vida en ninguna manera,
la salvación es por gracia, pero para vivirla, no para desperdiciarla.
Cuatro son las demandas básicas del evangelio que podemos reconocer.
Arrepentimiento (He. 3:19;
17:30). Arrepentirse es dar la espalda al pecado personal, especialmente
al rechazo de Jesús, cambiando la opinión que cada cual tenía acerca
de Jesús así como la actitud hacia Él. Ryrie lo define: "Cambiar
de modo de pensar acerca de algo o alguien de tal manera que se efectúen
cambios visibles en el individuo". Arrepentimiento implica cambios,
cambios de opinión, cambios de actitud, cambios de acciones. Estamos
de acuerdo en que el grado de aceptación del evangelio no puede medirse
por la abundancia o aparición de ciertos frutos visibles pero un mínimo
de cambio si que tiene que producirse en el individuo que descubre a
Cristo.
Fe (He. 2:44; 10:43; 16:31).
Es el estar convencido o el dar crédito a algo o alguien; especialmente
a la verdad del evangelio (Ryrie). Es la confianza depositada para aceptar
algo que es verdad. Desde luego que la fe tiene que tener un contenido;
la fe no es ciega, sino que es confianza en algo o en alguien.
La fe contiene un elemento intelectual, puesto
que, requiere la aceptación de unos hechos históricos esenciales, los
acontecimientos del evangelio que citábamos anteriormente, como son
el que Cristo murió por nuestros pecados y que se levantó de los muertos.
Pero, además, la fe requiere un elemento emocional, el cual, es el asentimiento
de que tales hechos ocurrieron y son verdad, aun cuando para algunos
es posible conocerlos y no aceptarlos. Hay un tercer elemento de la
fe que es el volitivo, puesto que nosotros tenemos que decidir si obedecemos
o rechazamos el mandato divino de creer (He. 16:31)
Bautismo (Mt. 28:18-20). El
bautismo en el Nuevo Testamento era una evidencia clara y concluyente
de que una persona había aceptado a Cristo. Desde estos mismos momentos
en la historia se expresa que no es un requisito de la salvación, sino
la manifestación visible e indubitable de la misma y del compromiso
asumido con la comunidad de los creyentes.
El arrepentimiento y la fe son demandas del
evangelio al corazón del individuo, el bautismo tiene que ver con la
primera responsabilidad con la sociedad, la cual no es otra que el reconocimiento
público de lo que ha ocurrido. Desde el principio el Señor quiere que
de los que le siguen desaparezca cualquier atisbo de cobardía.
Urgencia / Testimonio (Mt. 28:18-20; He. 1:8).
La cuarta demanda, que tiene que ver también con la responsabilidad
hacia los demás, es la de ser transmisores del evangelio que se ha recibido.
Si antes afirmábamos que no es posible ser cobardes ante las demandas
del evangelio, ahora podemos afirmar que no es posible ser egoístas,
esconderlo solo para uno mismo. Tenemos que "IR". Tenemos
que tomar la iniciativa e instar a todos "a tiempo y fuera de tiempo".
Porque conocemos las bendiciones de Dios, pero también su justicia.
Eduardo Carnero

|