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Publicado el 16 de Diciembre del 2000
La Esencia de la Evangelización (II de VI)
El Evangelio Eterno (I)
(A) LA NATURALEZA DEL EVANGELIO
a.1. En cuanto a su origen
Es el evangelio de Dios (Mr. 1:14; Ro. 1:1;
15:16; 2ª Co. 11:7; lª Ts. 2:2, 9). Aquí radica la fuerza, la autoridad
y la gran diferencia entre cl evangelio de Cristo y cualquier otro sistema
filosófico o religioso. El evangelio no es fruto de la especulación
metafísica o de intuiciones místicas. Es la buena noticia de
lo que Dios ha dicho y hecho a favor del hombre. Es la revelación dada
por Dios y confirmada finalmente en su Hijo.
a.2. En cuanto a su duración
Es el evangelio eterno (Ap. 14:6).
El evangelio de Dios es eterno (aionios), esto quiere decir que su duración
en el tiempo es indefinida, puesto que no tiene fin. No está sujeto
a los cambios o caducidades de las cosas temporales, sino que en cualquier
tiempo y lugar, el evangelio tiene plena vigencia y actualidad. No sirven
las quejas ante el evangelio como algo caduco, puesto que el evangelio,
como Dios mismo, está muy por encima de la esfera de lo temporal.
Al mismo tiempo, debido a que el evangelio
es eterno, permanece y permanecerá por encima de todos los sucedáneos
elaborados por la mente humana.
a.3. En cuanto a su contenido
A lo largo de las páginas de los relatos de
los apóstoles, encontramos referencias abundantes al evangelio que se
refieren al contenido del mismo. Los escritores neotestamentarios tenían
muy claro cual era el mensaje que tenían que transmitir, y que estaba
contenido en el evangelio, por ello la gran riqueza de calificativos
para el evangelio que proclamaban.
Es el evangelio
de Jesucristo, el Hijo de Dios (Mr. l:l; Hc. 8:35; 11:20; 17:18;
Ro. 1:1-3,9; 15:19; lª Co. 9:12; 2ª Co. 9:13; 10:14; Gá. 1:7; 2aTS.
1:8). En primer lugar nos presentan al personaje central del evangelio,
Cristo mismo. Él es el centro, el mensaje y el mensajero del evangelio.
En todas estas referencias podemos encontrar mucha riqueza doctrinal
en cuanto a la persona del Señor Jesucristo. Es Señor, es Salvador,
es el Cristo, es el Hijo de Dios. Es decir, el evangelio son las buenas
nuevas dadas por Dios acerca de su Hijo. No son las nuevas de cómo restaurar
nuestra relación con Dios, ni cómo superar el problema del pecado, no.
El evangelio está por encima del hombre y sus necesidades, no ignora
al hombre, pero lo supera. La gloria del evangelio no radica en lo que
produce en nuestras vidas, sino en lo que significa la entrega de Cristo
el Hijo de Dios.
Es el evangelio de la gloria de Cristo
(2ª Co. 4:4). La segunda idea que destaca es que este evangelio es el
que refleja la gloria de Cristo. Es el mensaje de los actos y el carácter
de Cristo que resplandecen en medio de las tinieblas de esta sociedad.
Es el mensaje en el cual todas las excelencias de Cristo quedan al descubierto,
para que los hombres puedan reconocer y honrar su verdadera identidad
como el Hijo de Dios. De hecho el evangelio es en gran medida la revelación
que Cristo hace de sí mismo, vindicando para sí la autoridad como Dios,
y la validez de su sacrificio por ser el Hijo de Dios.
Esta gloria de Cristo estaba velada a los ojos
de los hombres en su humanidad, pero en su evangelio, es decir, en sus
acciones y en su carácter, esta gloria quedó al descubierto para todos
aquellos que la quisieron ver. Será en su segunda venida, cuando todos
los hombres tendrán que reconocer la grandeza de la gloria de Cristo,
que es la imagen de la gloria de Dios, y todos tendrán que doblar sus
rodillas ante Él como Señor (Fi. 2:9-11).
Es el evangelio de la gracia de Dios
(He. 20:24). Pero este es también el evangelio de la gracia de Dios.
En sus relatos, en su contenido, por cada escena, en cada instante se
puede percibir con total nitidez el corazón amante de Dios. Su corazón
en su relación con el Hijo, su corazón en relación con el hombre y sus
necesidades. Pero vemos como este amor de Dios le lleva a hacer un regalo
inmenso al hombre pecador. Su gracia proviene de su disposición amistosa
para con el hombre rebelde y le lleva a realizar una labor de sacrificio
sustitutorio.
Los eventos del evangelio, pues, son el reflejo
del amor de Dios para con una humanidad apartada y rebelde. Es el reflejo
de la preocupación de Dios por solucionar aquello que nosotros no podríamos
solucionar, y hacerlo de una forma gratuita. El evangelio contiene el
regalo más impresionante que nadie pueda recibir, pero sobre todo es
el regalo más impresionante que nadie pueda ofrecer.
Es el evangelio de la gloria del Dios
bendito (lª Ti. 1:11). Con anterioridad veíamos como en el evangelio
se nos revelaba la gloria de Cristo; pero también en el evangelio vemos
reflejada la gloria de Dios. Es la revelación de la naturaleza y actos
de Dios asomando de forma muy vivida en la persona de Cristo. Era el
mismo Señor Jesús quien afirmaba: "...el que me ha visto
a mí, ha visto al Padre..." (Jn. 14:9). Jesús era Dios
mismo (Jn. 1:1) y por ello en su vida la gloria del Padre era tan evidente.
En la resurrección de Lázaro (Jn. 11:4); en la misma resurrección de
Cristo (Ro. 6:4); en su ascensión y exaltación (lª Pe. 1:21); en el
monte de la Transfiguración (2aPe. 1:17). Todos estos son momentos en
los cuales la grandeza de Dios, su gloria, queda claramente reflejada
en la persona de Cristo, quien a lo largo de toda su vida y ministerio
siempre apuntaba en la misma dirección, la gloria del Padre, que el
Padre fuese reconocido y honrado en medio de una humanidad desagradecida.
El evangelio, pues, es una invitación para
que la criatura retorne al reconocimiento de las excelencias de Aquel
que es su Creador, sustentador y esencia de todo cuanto tiene y es.
Que el hombre pueda reconocer dónde se encuentra lo realmente importante,
que no es en ningún resplandor del presente, sino en la gloria de Dios.
Es el evangelio del reino (Mt. 4:23;
9:35; 11:5; 24:14; Mr.l:14; Lc. 8:1; Hc. 8:12). Un nuevo calificativo
que nos presenta una idea amplia del contenido del evangelio es el evangelio
del reino de Dios o de los cielos. Con este calificativo se está enfatizando
el reinado y la autoridad de Dios; que es reconocido en los corazones
y que opera en la vida de su pueblo, efectuando la salvación de ellos.
Se nos está presentando el carácter del evangelio,
su origen y su propósito sobrenatural de que lleguemos a ser herederos
del mismo reino. El evangelio comienza en el cielo y su efecto en nuestras
vidas debiera de resultar en gloria para el Padre que está en los cielos.
Es el evangelio de la promesa (He. 13:32).
Esta idea no es nueva pero si que aporta algo más al resumen del contenido
del evangelio. Era el evangelio de la promesa. El evangelio, y los hechos
relatados en él, eran el cumplimiento del testimonio dado por los profetas
en el Antiguo Testamento. Esta realidad hace del mensaje del evangelio
un conjunto de suma fiabilidad y autenticidad. Las cosas no estaban
ocurriendo por que sí, sino que tras el telón de la historia se nota
la mano directora de Dios efectuando sus planes en medio de la esfera
de los hombres.
Es el evangelio de las inescrutables
riquezas de Cristo (Ef 3:8). En último lugar, podemos notar que
el contenido del evangelio son las inescrutables riquezas de Cristo.
Riquezas que se hacen accesibles gratuitamente debido a la cruz. Riquezas
que incluyen la resurrección y victoria sobre el pecado, la entronización
victoriosa con Cristo en los lugares celestiales, la reconciliación
con Dios, el cese de la hostilidad y el comienzo de la paz, el acceso
al Padre por medio de Cristo y el Espíritu, la membresía en su reino
y su familia, el ser integrante de su morada entre los hombres; y todo
esto solamente como un atisbo de las mayores riquezas todavía por venir,
es decir, las riquezas de la herencia que Dios dará a todo su pueblo
a su tiempo.
No es sorprendente que Pablo califique las
riquezas del evangelio como aquellas que no pueden ser rastreadas.
Lo cierto es que la riqueza contenida en el evangelio es tan amplia
que jamás llegaremos a agotarla.
a.4. En cuanto a sus efectos
Es el evangelio de vuestra salvación
(Ef 1:13). El primero de los efectos que produce el evangelio es la
salvación. La salvación de todo un pasado de olvido y separación para
pasar a formar parte de un nuevo reino en Cristo. Es verdad que no somos
los protagonistas del evangelio. Pero el evangelio es el protagonista
de nuestra vida, nos ha dado la salvación, ha cambiado nuestro rumbo
y ha sellado nuestra herencia por medio del Espíritu Santo. Nunca es
por nuestros merecimientos, sino que la obra de la salvación que el
evangelio produce en nosotros está muy ligada con la expresión de Pablo
en este texto de Efesios: "en Él". Es Dios mismo, es
Cristo, es el Espíritu Santo, es la Trinidad al completo trabajando
y alcanzando nuestra salvación.
Tenemos herencia, tenemos redención, pero desde
luego tenemos alabanza para la gloria de Dios. Somos salvos por el evangelio
de la gracia para que nuestra vida sea un constante "gracias"
para Dios.
Es el evangelio de paz (He. 10:36; Ef
6:15). El segundo efecto, aunque está relacionado íntimamente con la
salvación, es suficientemente importante como para merecer un calificativo
especial. Es el evangelio de la paz. Es el evangelio quien lima las
asperezas de una relación rota y de hostilidad. Una relación donde el
hombre no puede encontrar sosiego para sus necesidades a no ser por
la obra de Dios por medio de Cristo restaurando su vida y colocándole
en armonía consigo mismo y con los demás.
El evangelio cambia todas las facetas de nuestra
experiencia no solo en cuanto a posición sino también en cuanto a relación,
éramos enemigos (Ro. 5:10), más ahora el evangelio obra en nosotros
la nueva posición en la relación con Dios de tener paz.
Eduardo Carnero

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