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Publicado el 16 de Diciembre del 2000
La Esencia de la Evangelización (I de VI)
Introducción
A finales del s. XX, los creyentes,
nos enfrentamos ante el reto de proclamar un mensaje diferente en un
mundo donde proliferan todo tipo de mensajes, todo tipo de evangelios
que procuran satisfacer los deseos del ser humano. Una serie de enseñanzas
que en su mayoría apelan a los deseos de los ojos, a los deseos de la
carne y a la vanagloria de la vida, para que el hombre pueda encontrarse
satisfecho en todo cuanto quiere alcanzar. Un mundo plural, un mundo
donde cabe absolutamente todo, un mundo "tolerante" con su
pluralidad, pero intolerante con todo aquello que no se amolda a sus
pautas y que le exige responsabilidades ante Dios.
Pero al mismo tiempo, este mundo es tremendamente relativista. Los absolutos
quedan fuera, nada es completamente cierto, nada es verdad absoluta.
No importa lo que creas, pues, algo de verdad hay en todo, y si eres
sincero, ya te llega. Pero en el fondo, esta carencia de verdades absolutas
a las que nos podamos aferrar a la hora de tomar decisiones, genera
una tremenda inseguridad, cargando la vida humana de toda una serie
de grandes dudas existenciales, que en ningún lado pueden responder.
¿Cómo pueden ser parcialmente ciertas ideas tan antagónicas como las
que encontramos en esta sociedad?
La Encarnación del Hijo de Dios es el ejemplo
más claro de como se traduce el texto a un determinado contexto histórico
y social. Jesucristo, el Verbo, la Palabra de Dios se encarna en un
judío, se identifica con una cultura y una sociedad determinada, y dentro
de un marco histórico, aunque su vida y hechos transciendan más allá.
En su forma de vida y enseñanzas, Jesucristo es el modelo perfecto de
contextualización. Cada uno de sus mandamientos incluyen un mandamiento
a contextualizar, tanto en el amar a nuestro vecino como en el hacer
discípulos entre las naciones. Este proceso lo vernos claramente expuesto
en las enseñanzas de los apóstoles y en la vida de la Iglesia del Nuevo
Testamento.
El Dr. Klaas Runia, afirmaba en la introducción
de su ponencia sobre la renovación de la Iglesia, presentada en la Conferencia
de Teólogos Evangélicos Europeos del 4 de agosto de 1988 en Alemania,
que: muchas iglesias ven mermado su testimonio por el fenómeno del pluralismo.
De hecho, parece como si las iglesias no estuviesen seguras en cuanto
a la naturaleza de su propio mensaje..." Él estaba traspasando
una realidad de la sociedad en la cual vivimos al trasfondo de la iglesia.
Pone el dedo en la llaga al afirmar que la iglesia en el presente tiene
un grave problema de impacto en esta sociedad, en medio de la cual está
para ser sal y luz. Pero un impacto menguado, como él también afirma,
porque la iglesia está siendo impactada por la sociedad y sus filosofías
en lugar de Cristo y su evangelio. Pero en la afirmación del Dr. Runia
me sorprende una afirmación mucho más sería, las dudas de la naturaleza
del mensaje. No son dudas en cuanto al contenido, puesto que somos muy
ortodoxos en cuanto a nuestros dogmas. Si no que estas dudas, mucho
más peligrosas, son en cuanto a la naturaleza del mensaje que tenemos
que proclamar: ¿Es la verdad absoluta o una verdad entre la amalgama
de verdades del mercado filosófico actual? ¿Es la Palabra de Dios única
y final, o es otra más de sus voces?
La diferencia es muy grande,
la diferencia entre tener la verdad en sentido absoluto, o tener una
verdad. La urgencia, la convicción y las motivaciones cambian mucho.
Lo triste es que estos sentimientos relativistas y pluralistas logren
en la iglesia de Dios que volvamos a caer en el mismo error de Adán
y Eva en el Edén, atender a las voces de la criatura antes que a la
voz del Creador. Esta es una realidad que debemos plantearnos antes
de seguir adelante: la iglesia de Dios, tu y yo como parte de la iglesia
de Dios, ¿a quién estamos oyendo en nuestros días?. Los creyentes pasamos
mucho más tiempo atendiendo a filosofías que a la Palabra de Dios. La
teología popular, los típicos "yo creo que , están mucho más arraigados
entre nosotros que la Palabra de Dios, el poco frecuente en nuestro
hablar: "Dios dice que...". En muchas ocasiones son nuestras
opiniones las que pretendemos imponer bajo el lema de que es lo que
Dios quiere. Aun nuestras tradiciones son en tantas ocasiones cargadas
con el título de dogmas de la fe y de la conducta. Lo triste es pensar
que estas, aun cuando en un tiempo fueron grandes instrumentos para
el desarrollo del evangelio, no son partes del mismo, sino contextualizaciones
o medios empleados en un determinado momento, cuando eran necesarias
para extender el mensaje precioso del evangelio; pero que hoy, en medio
de una sociedad que ha cambiado demasiado en el último siglo, suenan
a algo obsoleto y fuera de lugar. Esto es teología popular, cuando intentamos
que sea nuestra verdad la que impere por encima de la verdad de Dios.
¿Qué
es el evangelio? ¿Cuál es el contenido del evangelio? preguntas elementales
de la vida cristiana. Planteemos esta cuestión entre los creyentes,
entre nosotros incluso, pidiendo apoyo bíblico, y notaremos como cl
sudor corre por muchos semblantes. Desconocimiento de la Verdad, no
de una verdad, sino de la única Verdad esencial para nuestra vida, para
la vida de cada persona en nuestro entorno. Esto ocurre porque quizá
no le damos el valor que realmente tiene.
Un nuevo problema que nos
encontramos en el presente es el fabuloso progreso que en los últimos
tiempos ha logrado la ciencia y la tecnología está influyendo de una
forma muy considerable en todos los órdenes del pensamiento humano.
Prácticamente todos los conceptos de generaciones pasadas han sido modificados
de una forma muy profunda. Hay incluso quienes proclaman que estos cambios
deben trasladarse también al ámbito de lo religioso. Incluso se habla
de una era post-cristiana, que incluye todas sus terribles consecuencias.
Una de ellas es que las personas que "han pasado por el cristianismo",
parecen volverse inmunes al mensaje del evangelio, como si se hubiesen
vacunado contra el mismo.
Muchos de los creyentes que
ocupan cada domingo los bancos de las iglesias nunca han sentido el
impacto del evangelio. Los creyentes, y nosotros dentro del conjunto
de la iglesia. Muy pocas veces nos sentimos impactados por el evangelio.
La conducta moral de los creyentes en el presente refleja la realidad
de un pueblo que vive al margen de lo que predica, que vive al margen
de su fe. ¿Es qué la Palabra de Dios ya no tiene poder? ¿Es qué el evangelio
que es poder de Dios (Ro. 1:16) ha perdido su esencia? ¿Estamos predicando
el evangelio de Dios, de Cristo y de su gloria, o lo hemos tergiversado
aceptando inconscientemente los principios de la sociedad tecnificada
en medio de la cual vivimos?
Ante esta situación, algunos
insisten en que el evangelio debe ser reinterpretado y adaptado al pensamiento
y a las formas de nuestro tiempo. Y es precisamente contra estas tendencias
que la Iglesia debe oponer su testimonio fiel al único evangelio, a
"la fe dada un día a los santos".
Esta tendencia al cambio y
a la reinterpretación, proviene de una visión humanista del evangelio.
Una perspectiva que pone al hombre como centro y eje sobre el cual tiene
que girar toda la revelación y el mensaje del evangelio. Una interpretación
que realmente no es ninguna novedad de una época modernista. En lugar
de ser la revelación de Dios y sus demandas, el evangelio llega a ser
una muleta o una alternativa para la debilidad del hombre. En lugar
de ser para la gloria de Dios, es el trampolín para exaltar al hombre.
Visto desde una óptica, no es mentira lo que se enseña, porque el evangelio
quiere traer bendición al ser humano, pero lo que es mentira es el énfasis
puesto sobre el hombre en lugar de estar puesto en Dios, en su Hijo
y en su Gloria. Es casi como si estuviésemos tomando el prismático al
revés, y en lugar de contemplar la grandeza del evangelio de Dios y
sus excelencias; estamos contemplando algo muy pequeño y distorsionado
como es un evangelio humano, que lleva implícitas todas las connotaciones
de debilidad, pobreza y miseria humanas.
Este cambio en el mensaje
del evangelio, que hace que ya no nos centremos en Dios, su Palabra
y sus demandas; si no que en muchas ocasiones al escuchar el evangelio
solo escuchamos la voz del clamor del hombre y sus necesidades, es algo
que en los últimos años se ha hecho tremendamente palpable en los círculos
evangélicos. El creciente interés y desarrollo de todo tipo de temas
psicológicos que buscan ya no solo curar enfermedades, sino engrandecer
a la persona, el "cree en ti mismo", "toma las riendas
de tu vida", "conócete a ti mismo", etc., y otras muchas
expresiones que nos impulsan a centrarnos en nosotros. No digo que todos
estos esfuerzos sean malos, ni mucho menos, lo que afirmo es que jamás,
ninguna filosofía o pseudo-ciencia de los hombres puede ocupar el lugar
de la Palabra de Dios, y creo que estamos cayendo en esto. El mensaje
del evangelio pone al hombre en su lugar, le hace reconocer su miseria
y pobreza, le humilla, para después enaltecerle.
Tenemos un mensaje de tremenda
importancia, tenemos un tesoro escondido en los pobres vasos de barro
que somos nosotros. Debemos conocerlo, pero debemos conocer también
la realidad del vaso, que somos nosotros, para que conociendo nuestra
debilidad, este tesoro no sea desperdiciado.
Quisiera considerar este evangelio
que tenemos entre manos, este tesoro que nos ha sido entregado, con
todo lo que significa y contiene; para luego muy brevemente considerar
nuestra responsabilidad ante el mismo.
Eduardo Carnero

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