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Publicado el 25 de Septiembre del 2001
Heraldos de la Palabra: Evangelio
¿De qué vale ganar el mundo
si perdemos nuestra alma?
Solo el gimnasio -si hablara- podría contar
cuánto tiempo pasaba Juan Carlos Pedraza ejercitando su cuerpo.
Y si por alguna extraña circunstancia los espejos pudieran revelar
infidencias, referirían las horas que pasaba este joven admirando
sus músculos y pensando que definitivamente, no había
nadie igual que él en toda la universidad.
No que fuera perjudicial o contraproducente un
poco de ejercicio, lo que sí estaba mal es que cambió
su Biblia por una colección de todas las revistas de culturismo
que llegaban a la ciudad. Además, el botiquín se llenó
de medicamentos de catálogo, considerados eficaces para modelar
el cuerpo.
Juan Carlos hizo de sí mismo un ídolo.
Pero la vida le jugó una mala pasada. Cierto día al regresar
de sus clases, un vehículo atropelló la motocicleta que
conducía. El accidente fue grave. Perdió la posibilidad
de caminar. Hoy su familia lo sienta en el corredor de su casa, para
que vea pasar los transeúntes. Transcurre horas y horas leyendo
la Biblia. Volvió a la congregación. Sirve como ujier
desde su silla de ruedas...
¿Ha pensado si este será su caso?
Recuerdo la historia de un multimillonario griego,
que puso sus ojos en una de las mujeres más refinadas de la sociedad
norteamericana a la que se fijó la meta de conquistar. La hizo
su esposa. Pero su vida no era feliz. La buena relación con uno
de sus hijos, se rompió abruptamente con un accidente aéreo
que segó la vida del joven. Y seguía sin ser feliz. Cuando
terminaba sus días, una enfermedad incurable acabó de
restar tranquilidad a su existencia. De nada sirvieron ni la posición
social ni la solidez económica.
Ahora, no que estos dos elementos no tengan importancia,
lo que ocurre es que decenas de personas en todo el mundo desgastan
toda su existencia agotando sus fuerzas en cosas materiales aun cuando
sus vidas se convierten en un verdadero callejón sin salida.
El Señor Jesús reflejó este
drama en una hermosa parábola que registra el evangelio: Refiere
la historia de un hombre que prosperó económicamente.
Era su gran sueño, su meta de toda la vida. Y cuanto tuvo lo
suficiente, pensó ensanchar el negocio, construir nuevos depósitos:
"...donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes. Y diré:
Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos
años. Descansa, come, bebe y goza de la vida. Pero Dios le dijo:
"¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida ¿Y
quién se quedará con lo que has acumulado?". Así
sucede al que acumula muchas riquezas para si mismo, en vez de ser rico
delante de Dios"(Lucas 12: 13-21).
La vida no la tenemos asegurada. En cualquier momento
puede llegar el fin. Y no habrá tiempo para arrepentirse ni caer
en lamentos. Será un paso definitivo a la eternidad. Es una etapa
ineludible para absolutamente todos los seres humanos.
¿Qué ha hecho hasta hoy con su vida?¿Puede
decir que goza de la vida o por el contrario, que pese a la disponibilidad
económica no hay tranquilidad en su existencia?¿Piensa
seguir igual en los años que le restan? Usted está anhelando
algo más. La rutina le cansó. Desea ir más allá,
encontrarle sentido al diario vivir.
¿Qué hacer?
Es importante considerar que las riquezas materiales
o la posición social son algo pasajero. No duran por siempre.
Entonces es necesario pensar en qué habrá después,
qué hay más allá de la muerte. La vida es importante,
pero ¿dónde estará usted para siempre después
que fallezca?.
¿Hay una oportunidad? Yo estoy convencido
que sí, pero antes de que analicemos la alternativa, le invito
para que recuerde un principio que enunció nuestro Señor
Jesucristo y que debe llevarnos a una reflexión permanente: "Porque
¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo,
y pierde su alma?¿O qué recompensa dará el hombre
por su alma? (Mateo 16:26).
La salida al problema comienza con su decisión
de revisar ¿Cómo ha vivido hasta hoy?. Si reconoce que
lo material ha sido su prioridad, admitirá que su existencia
necesita paz espiritual. Y solo podrá lograrla dejando que Jesucristo
entre en su corazón. Si Dios toma control de su ser, cambiarán
su forma de pensar y de actuar. El equilibrio espiritual le llevará
a tener una vida plena. No, los problemas no terminarán de la
noche a la mañana, pero será más fácil resolverlos.
¿Qué hacer? Acepte a Jesucristo en
su corazón. Sólo basta que haga una oración, allí
frente al computador. Dígale: "Señor Jesucristo,
reconozco que mi vida ha estado dominada por la búsqueda afanosa
de bienes materiales y no te he tenido en cuenta en mis caminos. Hoy
quiero cambiar. Te pido que entres en mí corazón y hagas
de mi la persona que tú quieres que yo sea". Amén.
Fernando Alexis Jiménez

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