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Publicado el 22 de Julio del 2001
Heraldos de la Palabra: Evangelio
Libertad espiritual... ¡en un cuerpo libre!
Anselmo Quiroz escapó una decena de veces
de igual número de penales. Un "Papillón" criollo,
diría el juez al referirse al célebre evadido que inmortalizó
el escritor Henry Charriere.
Su cuerpo testimoniaba lo traumático de
cada intento de huir: cicatrices en el rostro, la espalda, una lesión
en las piernas, y las consecuencias de su último y fallido escape:
perdió la vida. No resistió el impacto tras saltar de
un muero de tres metros.
Anselmo elaboró cuidadosamente su plan por
espacio de cuatro meses, todo salió a perfección, pero
no previó que su caída sería fatal.
"Murió preso de si mismo" explicó
el director de la prisión, en un remoto pueblecito del Ecuador.
La frase me dio vueltas en la cabeza por mucho
tiempo: "Murió preso de sí mismo", "...de
sí mismo". ¡Tenía toda la razón! Hay
por lo menos dos formas de estar prisionero...
1. Libres físicamente, pero prisioneros espiritualmente
Junto a usted hay centenares de personas que si
bien pueden desplazarse a donde quieren, sin restricciones, interiormente
viven atados, prisioneros de una cárcel de la que difícilmente
pueden salir.
Están bajo condena a cadena perpetua. Son
prisioneros de la amargura, de la frustración, de las crisis
emocionales, de la sensación de vacío, de la soledad y
cuantas emociones reprimidas pueda imaginar.
Usted encuentra estos convictos por todas partes:
el el metro, en la oficina, en el barrio, incluso allí en el
autobús. Sus reacciones revelan que caminan en un laberinto sin
salida...
El salmista David lo describió así:
"Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras
me echan en cara a todas horas: ¿Dónde está su
Dios?. Y también: "Se me afligía el corazón
y se me amargaban los ánimos" (Salmos 42:3 y 73:21. Nueva
Versión Internacional).
¿Cristianos prisioneros?
Los hay. Asisten a la iglesia, cantan durante los
períodos de alabanza e incluso, leen la Biblia. Pero siguen igual.
En sus vidas no se produce un cambio. Tienen raptos de ira incontrolada,
caen con frecuencia bajo el peso de los vicios, expresan todavía
palabras soeces y sienten que aquello de amar y perdonar al prójimo
no pasa de ser teoría.
¿Las causa? Dependen de sus capacidades
humanas, de su religiosidad y no de Dios. Por esa razón, caen
y se sienten frustrados. Su perspectiva cambia: dejan de tener gozo
y se vuelven tristes y proclives a la depresión.
2. Prisioneros físicamente, pero libres espiritualmente
Conocía a Héctor Mario en la cárcel.
Cuarenta y cinco años de edad,. Diez de ellos en prisión,
acusado de homicidio. "Soy inocente", repitió siempre,
incluso cuando salió del penal.
Su vida se convirtió en una pesadilla. Su
esposa, con quien recién se había casado, lo abandonó.
No le perdonó jamás su delito, sin siquiera saber si era
verdad. Allí descubrió quiénes realmente lo apreciaban:
en los diez años de prisión, solamente recibió
cinco visitas, todas de amigos, ninguna de familiares o allegados. Por
mucho tiempo Héctor Mario fue presa del rencor: "Mi familia
me dejó solo", era su argumento.
Afortunadamente alguien le habló de Jesucristo.
En particular le impactaron versículos como: "Dijo entonces
Jesús a los judíos que habían creído en
él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente
mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os
hará libres" (Juan 8:32). También: "Porque el
Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu
del Señor, allí hay libertad" (2ª Corintios
3:17).
Esa libertad es esencial: se trata de la libertad
espiritual. Aquella que le abre las puertas al gozo, así hayan
enormes dificultades a su alrededor; la libertad que le permite mirar
su pasado sin temor o sentimientos de culpa, porque sabe que Jesucristo
perdonó todos sus pecados en la cruz; y la libertad que le permite
vencer sus hábitos, vicios y actitudes de autodestrucción.
La forma de ver la vida cambió. Héctor
Mario era un hombre diferente. En la cárcel, pero libre. Compartía
estudios bíblicos con sus compañeros. "El pastorcito",
le decían sus discípulos.
Hoy se reincorporó a la sociedad. Trabaja
en la construcción durante las horas del día, y en la
noche, se reúne con un pequeño grupo de creyentes. No
dudo que en el futuro será una próspera congregación.
Usted puede ser libre
Quizá ha descubierto que se identifica plenamente
con aquéllas personas que son libres físicamente, pero
espiritualmente permanecen prisioneros. ¡Su vida puede cambiar!
Jesús lo prometió: "...si el hijo os libertare, seréis
verdaderamente libres" (Juan 8:36).
Ser libre es sencillo, sólo basta una oración
sencilla. Dígale: "Señor Jesucristo, gracias por
perdonar todos mis pecados con tu muerte en la cruz. Deseo que desde
hoy seas mi Rey y Señor. Toma mi vida y haz de mí la persona
que tú quieres que yo sea". Amén.
Fernando Alexis Jiménez

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