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Publicado el 23 de Diciembre del 2001
Heraldos de la Palabra: Cristianismo
Cuando los amigos se van...
Decir adiós no es fácil. Se nos forma
un nudo en la garganta, se siente que las lágrimas están
a punto de brotar y una sensación indescriptible de incertidumbre
nos nubla el pensamiento. Si el que se va no vuelve ¿qué
nos queda? ¿Por qué no aprovechamos esos tiempos de amistad?...Y
esas diferencias de opinión que no faltan ¿pudieron evitarse?
Seguro que sí...
De haber sabido que un gran amigo partiría,
habría aprovechado mejor el tiempo... No hubieras dicho "Debo
irme, se hace tarde", sencillamente te habrías quedado.
No habrías mirado tanto el reloj. Y esos momentos que hoy rememoras
con nostalgia, los habrías disfrutado al máximo. ¡Si
en esos momentos hubieses entendido que todo es efímero, que
las cosas y el tiempo pasan con una facilidad extraordinaria? Las cosas
hoy serían diferentes...
Y los amigos se van cuando menos lo esperamos.
Cuando todo marcha bien y sentimos que nada nos hace falta. Y de pronto
esa llamada telefónica. Y las palabras que nos caen como agua
fría. Y el ser querido que no volveremos a ver. Que se irá
en avión, en tren o en barco o que sencillamente emprenderá
el viaje sin retorno, y no habrá tiempo de abrazarle antes que
levante su mano y nos diga "adiós..."
...Y esa sensación de tiempo perdido cuando
salimos del cementerio y en el corazón albergamos la íntima
convicción que ese amigo se guardó para la eternidad muchos
de los buenos momentos que compartimos juntos... Como si bajo el brazo
se nos llevara el mejor álbum, con las fotografías amarillentas
pero cargadas de recuerdos y de instantes inolvidables...
Aprovechando los buenos momentos
Piense por un instante en quienes están
más próximos: su esposa, su esposo, sus hijos, sus padres,
sus hermanos, sus amigos... Ahora, así no lo haya analizado antes,
medite en el hecho de que tarde o temprano, cuando menos lo esperemos,
partirán ellos o lo haremos nosotros. Y no habrá tiempo
quizá para despedidas. Y posiblemente nos quedará el dolor
de no haberles ayudado, comprendido, apoyado o quizá, no haberles
prestado atención o escuchado esas largas historias que a veces
evitamos, por considerar que estamos demasiado ocupados...
"Pastor, si mi esposa estuviera aquí,
la abrazaría y le diría cuánto le amo". Me
lo dijo alguien en una ceremonia que me correspondió oficiar
en la iglesia. El hombre salió a trabajar. Iba disgustado. Cerró
la puerta con violencia. No quería despedirse... pero cuando
regresó ya su esposa no lo esperaba. Era ella quien, accidentalmente
al cruzar una calle, había partido para siempre... Ya no había
lugar a decirle que la quería. Ella no lo oiría jamás...
Es un hecho inevitable. El momento menos esperado
nos iremos. O tal vez otros se irán. ¿Y qué sentiremos?
Tal vez remordimiento por no disfrutar esos días que les tuvimos
cerca.
Hoy es el día para llegar a casa, darle
un abrazo fuerte a su familia, sentarse a disfrutar una buena charla
con los amigos o probablemente disfrutar con los hijos de una buena
película o un partido de fútbol. Este es el momento para
volvernos a aquella persona que amamos y decírselo con ganas,
con entusiasmo, con sinceridad:"Te amo". Ahora es cuando debe
acercarse a sus padres, a los viejos, y expresarles amor y ternura.
Posiblemente mañana no los tendrá cerca...
El apóstol Juan escribió: "En
esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su
vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar
la vida por nuestros hermanos. Queridos hijos, no amemos de palabra
ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad." (1
Juan 3: 16, 18 Nueva Versión Internacional). Y estoy convencido
que si amamos, de corazón, no nos arrepentiremos de haber sido
egoístas cuando debamos marchar al viaje sin retorno.
Fernando Alexis Jiménez

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