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Publicado el 27 de Octubre del 2001
Heraldos de la Palabra: Cristianismo
No basta con decir: Soy cristiano...
La tarde era fría. La brisa, como era natural
en aquella época de 1880, invadía todos los rincones de
París. Alexander Graham Bell iba camino al auditorio. Recordaba
sus largos años de investigaciones promoviendo entre otros, la
construcción de instrumentos de impulsos eléctricos para
ayudar a personas sin audición ni sistema fonatorio, a salir
de su introversión. Noches de desvelo, madrugadas enteras y jornadas
que siempre sabía cuándo iniciaban pero nunca en qué
momento terminarían. "Vale la pena, porque muchos se beneficiaron",
pensó.
Minutos después, decenas de personas se pusieron de pie al tiempo
que el maestro de ceremonias, con voz pausada pero llena de emoción,
le anunciaba que recibía el Premio Volta de la Academia Francesa
de Ciencias.
...Y ahí viene lo más interesante,
Bell destinó la totalidad de los recursos a desarrollar investigaciones
sobre la sordera. Pudo orientar el dinero a otras cosas: viajar, financiar
sus inventos, alcanzar renombre, pero tenía claro que los recursos
bien se invierten para el beneficio propio que para promover ayuda a
los demás. Y esa última acción es la que deja huellas
que el tiempo jamás podrá borrar...
Un cristiano auténtico deja huellas, impacta
por su vida, es consciente de que no basta con decir soy creyente sino
con vivir a Jesucristo y reflejarlo en todo lo que pensamos y hacemos...
El lastre del egoísmo
Sin lugar a dudas los tiempos han cambiado. Amar
al prójimo, ayudar al necesitado, ser solidarios con quienes
requieren de nuestra ayuda y pensar en el bien común, se convirtieron
en buenos recuerdos de una época pasada. Hoy prima el egoísmo,
nadie piensa en nadie, el culto al ego ha desplazado a Dios.
Observe cuidadosamente cualquier ciudad de nuestro
continente: todos andan de un lado para otro afanados, librando una
batalla encarnizada contra el tiempo. No se comparte ni siquiera un
principio elemental de cortesía como es el saludo. Es más,
quien se atreve a decir un amable "Buenos días" o "Buenas
noches" es mirado con extrañeza, como si se tratara de un
espécimen raro.
Sin pretender ser un pregonero de los períodos
apocalípticos, no puedo menos que recordar las palabras del apóstol
Pablo cuando escribe a su fiel discípulo Timoteo: "También
debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos
peligros, porque habrá hombres amadores de sí mismos,
avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres,
impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes,
crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados,
amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán
apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a estos
evita"(2 Timoteo 3:1-5).
La anterior es una magnífica descripción de la situación
que vivimos actualmente en todo el mundo...
Llamados a cambiar el mundo
El mundo avanzará en su deterioro progresivo
en la medida que no se produzca un cambio en el corazón del ser
humano. Usted y yo fuimos llamados a marcar la diferencia. "Vosotros
sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede
esconder" (Mateo 5;14).
No dispongo de espacio suficiente, pero apenas lo tenga les contaré
completa la historia de Federico Oberlyne, el ministro protestante cuya
vida y desenvolvimiento pastoral trajeron cambios notables en el Valle
de Piedra, en Francia. Era un lugar distante y miserable. Y Dios, a
través de Federico, produjo cambios que nadie, así no
profesara ser creyente, podía ignorar...
No imagen sino realidad
Un cristiano auténtico genera cambios en
el lugar donde se encuentra. Así lo tenía claro Pablo
cuando recomendó a los cristianos del primer siglo que si se
recibe de Dios un don, que se ocupe "...si de servicio, en servir;
o el que enseña, en enseñar; el que exhorta, en la exhortación;
en que reparte, con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que
hace misericordia, con alegría. El amor sea sin fingimiento.
Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor
fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros;
gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes
en la oración..."(Romanos 12:6-12).
¡Es hora de cambiar!
Quizá me dirá: soy cristiano pero
no puedo apreciar mayores cambios en mi conducta. Incluso, actúo
peor que antes. El problema no está en Jesucristo, está
en usted. Debe rendirle totalmente su vida a El para que se produzca
una transformación auténtica. ¡El cambio comienza
con una renuncia al YO para dejar que sea Cristo quien gobierno! Ese
es un requisito ineludible.
Fernando Alexis Jiménez

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