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Publicado el 27 de Octubre del 2001
Heraldos de la Palabra: Cristianismo
¿Vale la pena tanto esfuerzo...?
"¿De qué sirvió tanto
esfuerzo?¿Para qué tantos desvelos?¿Acaso mi trabajo
en la obra deja frutos?" Tres preguntas sin aparente respuesta.
Y allí, sentado, gravemente golpeado por la tuberculosis, estaba
el misionero evangélico. Treinta años dedicado a predicar
el evangelio en poblados de África. Hambres, frustraciones, intolerancia.
Y al repasar las hojas amarillentas de su vida como predicador, meditaba
que quizá no había valido la pena el desgaste.
Una esposa que murió diez años atrás, porque no
tuvo ni el dinero ni la posibilidad de que el médico le brindara
atención para la malaria. La organización a la que sirvió
por mucho tiempo, se despidió un día cualquiera con un
lacónico mensaje: "Esperamos que sus esfuerzos sean prosperados".
Y no volvieron a llegar cartas, ni siquiera con voz de aliento. Se cansó
de ir a la oficina postal en espera de una ayuda.
El médico que le atendió aquella vez,
horas antes que falleciera el misionero, lo recordó inmediatamente.
Aunque muchos años habían transcurrido sobre el rostro
y la piel de aquel ministro protestante, el facultativo recordó
a Fred cuando fue de paso a su aldea para hablar de Jesucristo. El hombre
que le había retado a aceptar al Señor en su vida, y que
no le recriminó el día que lo sorprendió haciendo
dibujos en tanto que él predicaba, un domingo en la mañana.
"No tuve oportunidad de darle las gracias" murmuró
el doctor mientras hacía seas a la enfermera para que cubriera
el cuerpo inerte con una sábana...
¿Vale la pena todo este esfuerzo...?
Esa pregunta la he escuchado muchas veces, en diferentes
lugares, en los labios de pastores, líderes, padres de familia
cansados de orar por sus hijos sin que éstos se conviertan a
Jesucristo... Muchas personas que dicen: Creo que Dios no me escucha.
Incluso, Javier, un joven que por más de cuatro años trabajó
en la rehabilitación de drogadictos, un día se sinceró
con amargura: "Fernando, Dios me dejó solo. Hoy no siento
su respaldo, todos me abandonaron".
No, no es que no haya valido la pena el esfuerzo. Tampoco que Dios nos
haya dejado solos. Más bien, que no siempre los hombres o mujeres
que sirven al Creador, ven los frutos inmediatamente. El Señor
tiene su propio tiempo para obrar y nosotros a veces somos demasiado
apresurados.
Adelante, siempre adelante
En momentos así, cuando sentimos desgano
y no deseamos seguir el camino, vale la pena recordar las palabras del
apóstol Pablo: "Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario,
aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando
día tras día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros
que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo
más que todo sufrimiento. Así que no nos fijamos en lo
visible sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras
que lo que no se ve es eterno" (2 Corintios 4:16-18).
El desánimo es el peor enemigo de quienes aman y sirven a Dios.
Imagine por un instante que Noé, doblegado por el desánimo,
hubiese dejado de construir el arca o que Moisés, sintiéndose
abandonado por el Señor, dejara de guiar a los israelitas para
exponerlos a su suerte en el desierto... Una característica de
los triunfadores de Dios es que siempre siguieron adelante, por encima
de la adversidad y los obstáculos.
Las crisis nos preparan para algo mejor...
Generalmente después de la crisis, si seguimos
asidos del Señor, entramos a un nuevo nivel que nos prepara para
emprender nuevas misiones. Las dificultades nos forjan, nos hacen crecer,
nos llevan a estar listos para enfrentar la más peligrosa tormenta.
Recuerdo a Evelina Gutiérrez, una anciana de nuestra congregación:
Sólo después de orar 23 años por la conversión
de su hijo, vio como el hombre se rindió a los pies de Jesucristo.
En circunstancias así toma fuerza lo que escribía Pablo,
el apóstol: "Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando,
por dentro nos vamos renovando día tras día. Pues los
sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen
una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento".
La mirada fija en lo porvenir
Si aspiramos resultados inmediatos, pronto nos
cansaremos. Si esperamos en el tiempo de Dios, trabajaremos con la certeza
de que en su momento, el Señor se glorificará. Esto me
lleva a pensar en Moisés. No entró a la tierra prometida,
la vio de lejos. Aunque sintamos desfallecer, jamás debemos olvidar
que como lo anotan las Escrituras, vamos caminando a la ciudad celestial.
Usted y yo cuando vivimos para Cristo, estamos sembrando para la eternidad.
Así no veamos resultados inmediatos, seguimos adelante.
La persona que me compartió por primera vez
el evangelio, a quien no volví a ver, jamás imaginaría
que el mensaje de Jesucristo a través de su ministerio impactó
tanto mi vida que un día decidí ingresar al Seminario
Bíblico a recibir preparación para el ministerio. Predicó
y predicó pero no vio los frutos que hoy abundan en el humilde
pueblecito del que soy oriundo...
¿Le falta algo?
Quizá usted se siente cansado de luchar
en muchos aspectos. Muchos de sus proyectos fracasaron y ha pensado
renunciar. Es más, siente que en su existencia hay un vacío
tremendo. Lo más probable es que no ha aceptado a Jesucristo
como su Salvador personal. Le invito para que lo haga, allí,
frente al computador. Dígale: "Señor Jesucristo,
te necesito. Hasta hoy he vivido sin propósito, pero quiero cambiar.
Entra a mi vida y haz de mí la persona que tú quieres
que yo sea. Inscríbeme en el libro de la vida".Amén.
Sin temor a equivocarme puedo decirle que el paso
que dio es el mejor y más importante de su vida. Sólo
Jesucristo puede operar cambios en las personas. Y esa transformación
comenzará a evidenciarse en su vida.
Fernando Alexis Jiménez

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