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Publicado el 22 de Agosto del 2001
Heraldos de la Palabra: Cristianismo
¡Cuidado con las palabras que destruyen!
Razones por las que el cristiano debe medir las consecuencias
de todo lo que dice
La historia cuenta que fue ciego. De pueblo en
pueblo iba compartiendo sus historias. Construía parábolas
que gustaban a todos. Los niños le seguían y eran los
primeros en formar un círculo a su alrededor cuando comenzaba
a compartir cuentos y leyendas. A su prolífica inventiva se atribuyen
La Odisea y La Ilíada, relatos de una muy elaborada prosa que
describe las vidas de Ulises, Aquiles y sinnúmero de personajes
mitológicos que a través de los siglos han deleitados
a los lectores.
Me refiero a Homero, quien ejerciera una poderosa
influencia en la filosofía griega. Lo que, al releer los libros,
me llama poderosamente la atención, es mirar la forma como utilizaba
el valor de las palabras... Conocía su valor y pareciera que
las utilizaba con sumo cuidado...
La influencia de las palabras
No cabe la menor duda que las palabras ejercen
una poderosa influencia en nuestras vidas y en las de quienes nos rodean.
¿Le ha ocurrido alguna vez que al regresar de un centro comercial
comprueba que compró más artículos de los que realmente
necesitaba?¿La razón? Un promotor de ventas le convenció
sobre las bondades de un determinado producto y usted cayó...
¿O quizá alguien le dijo algo amable
en la mañana e inmediatamente se sintió tan estimulado
que todo su día marchó "a todo motor"? Seguramente
si le hubiesen pedido subir el Everets de rodillos, lo habría
hecho de buena gana. ¿Dónde está el centro del
asunto? En las palabras, esa poderosa herramienta de la que nos proveyó
Dios. Le invito para que, partir de algunos textos bíblicos,
examinemos la importancia de medir cuidadosamente las palabras así
como el impacto que ejercen, tanto a nivel individual como colectivo.
1. Las palabras revelan lo profundo del corazón
Nuestras emociones suelen jugarnos una mala pasada.
Una palabra que consideramos agresiva, puede llevarnos a reaccionar.
Es allí cuando se desencadenan graves problemas. Hay cristianos
que, presa de la ofuscación, derraman sobre sus semejantes todo
el arsenal de palabras hirientes que revelan lo profundo de su corazón:
el resentimiento, el menosprecio etc.
En su conjunto, representan todo lo que guardamos
y que se convierten en heridas. En apariencia estamos bien, pero interiormente
somos un volcán a punto de explotar con el más mínimo
estímulo. El asunto lo explicó el Señor Jesucristo
cuando dijo: "...Porque de la abundancia del corazón habla
la boca"(Mateo 12:34b). Para evitarnos malos momentos, lo aconsejable
es que incorporemos a nuestras oraciones la petición para que
el Creador cumpla en nuestras vidas lo que hace 2.500 años describió
el rey David: "Pon guarda a mi boca, oh Jehová. Guarda la
puerta de mis labios" (Salmo 141:3). Teniendo prudencia al hablar,
seguramente nos evitaríamos muchos problemas.
2. Recobrando el valor de nuestras palabras
Por mucho tiempo mi bisabuelo Angelino Barco fue
Notario Municipal de Vijes, a comienzos del siglo pasado. Un pueblecito
de casas viejas en el que no eran necesario firmar una Escritura Pública
para concretar algún negocio. Bastaba simplemente con la palabra.
Un trato verbal tenía tanta validez como un documento.
Por supuesto, eran otros tiempos, pero los cristianos
estamos llamados a reafirmar el principio de cumplir lo que se promete.
En una sociedad como la nuestra en la que pareciera que las palabras
se las lleva el tiempo, estamos llamados a darle el verdadero valor
y significado. El apóstol santiago escribió: "Pero
sobretodo esto, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo,
ni por la tierra, ni por ningún otro juramente; sino que vuestro
si sea si, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación"(Santiago
5:12). Esa es una forma de comenzar a cambiar nuestro mundo...
3. La responsabilidad social y espiritual de lo que decimos
"Aquél empresario es un ladrón".
Cinco palabras, pero con tal contundencia que determinaron el fin de
la promisoria carrera de un banquero en nuestro país. La frase,
expresada en un momento de ira porque se sintió traicionado por
alguien del círculo empresarial, se convirtió en una bola
de nieve que en cuestión de horas colmó los titulares
de los diarios y los noticieros de televisión. ¡Toda una
tragedia por cinco palabras!. El banquero fue despedido de su cargo
e inmediatamente todas las puertas se le cerraron. Nadie quería
relacionarse con alguien que, por imprudencia, podía echar a
perder negocios millonarios.
Hay responsabilidad social pero también
espiritual con todo aquello que decimos. Jesús lo expresó
sin márgenes a duda: "Mas yo os digo que de toda palabra
ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día
del juicio"(Mateo 12:36). En adelante piense antes de hablar. Imagine
que cada frase es como un cheque que usted está girando... Si
las palabras tuvieran un valor económico ¿Las iría
regando por ahí...?
4. La prudencia al hablar nos evita dolores de cabeza
En el castillo de San Felipe, en Cartagena, la
hermosa ciudad amurallada que durante la conquista y la colonia sirvió
para defender la costa atlántica colombiana de las invasiones
extranjeras, todavía se conservan pesados cañones de hierro
y bronce. La historia cuenta que en las noches, ante la inminencia de
un ataque de piratas, no cesaban de arrojan fuego. Cada carga explosiva
podía hundir una embarcación.
Esta es la mejor imagen para ilustrar a los cristianos
que, sin pensar lo que hablan, se andan metiendo en líos a cada
instante. Expresan sus opiniones sin que nadie las pida, cuestionan
a todos los que están a su alrededor, no dejan títere
con cabeza. Se asemejan a cañones: expulsan fuego a toda hora.
Ser descuidados al hablar es una peligrosa atadura de la que Dios nos
puede liberar. No en vano escribió el apóstol: "...la
lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas.
He aquí, ¡Cuan grande bosque enciende un pequeño
fuego!"(Santiago 3:5). En muchos casos guardar silencio es una
expresión de sabiduría.
5. Las palabras generan triunfos o fracaso
No he visto diseñador gráfico más
brillante que Luis Eduardo. Un verdadero artistas. Sin embargo había
un detalle que no podía compartir con él: su forma de
hablar. Siempre se le oía decir: "Esto o aquello es difícil",
"Cumplir esa tarea es imposible", "No podré lograrlo".
¿Las consecuencias? Una vida en continuo fracaso. Cuanto emprendía,
generalmente salía mal. Y no era para menos. Estaba predispuesto
para la derrota. Con sus palabras anulaba las extraordinarias capacidades
de que Dios le había dotado.
¿Cuándo cambió su vida? Cuando
conoció a Jesucristo y comprendió que el Señor
lo había creado para ser un vencedor y no un fracasado. Y comenzó
a creer, en fe, y a proclamarlo con sus labios. Cuando apreciamos esta
historia, entendemos el significado del antiguo proverbio: "La
vida y la muerte dependen de la lengua; los que hablan mucho sufrirán
las consecuencias"(Proverbios 18:21 Cf. 21: 23. Versión
Dios habla hoy).
6. A Dios debemos alabarlo con labios santos
Uno de los muchos atractivos turísticos
de ciudad de Mejico son sus hermosas fuentes. En sus alrededores se
han afianzado noviazgos, se han tomado fotos los turistas y hasta ha
servido como ducha para los mendigos. Siempre están lanzando
agua dulce. No hay posibilidad que al tiempo, pudiera arrojar agua de
mar. Meditando en este hecho comprendí el profundo valor de la
Palabra cuando señala: "De una misma boca proceden bendición
y maldición. Hermanos, esto no debe ser así"(Santiago
3:10). Nuestras palabras deben expresar la pureza y santidad propias
de un cristiano que dejó atrás su vieja naturaleza...
Está pues, en nuestras palabras y cómo
las expresamos, bendecir o destruir...
Fernando Alexis Jiménez

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