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Publicado el 22 de Agosto del 2001
Heraldos de la Palabra: Cristianismo
¡Libérese ya de todas sus ataduras!
Estoy Seguro que muchos de ustedes vieron la película
"La Misión" que protagonizan Jeremy Irons y Robert
De Niro. Trata sobre la colonización de españoles y portugueses
en la amplia zona que ocupaban los indios guaraníes, entre Brasil
y Paraguay. Fue una época: perseguían a los aborígenes
y los vendían como esclavos. Para sus captores estas nobles e
indefensas criaturas no eran seres humanos sino animales. ¡Ironías
del mundo civilizado!
Este filme tiene una escena sumamente conmovedora
cuando uno de los esclavistas, el capitán Mendoza, da muerte
a su hermano en un duelo. De esa manera tomó represalias tras
descubrir que su prometida lo amaba a él. A partir de ese momento
se sumió en una profunda depresión. Para autocastigarse,
cargaba un pesado fardo con una vieja armadura de hierro. La arrastraba
por todas partes, trasladando a ese bulto todo el peso de la culpa por
asesinar a su propio hermano.
En cierta ocasión un sacerdote jesuita le
ofrece ir a una zona de misión para trabajar en favor de los
indios, de la misma tribu que las inocentes victimas a las cuales que
Mendoza había sometido y vendido como esclavas. Para el otrora
capitán colonizador el ascender la montaña se convirtió
en un verdadero martirio debido a la pesada carga que insistía
en llevar. Caía, se levantaba y volvía a caer. El momento
culminante se produce cuando un indio guaraní lo ve llegar a
la cima en esas penosas condiciones. Entonces toma un cuchillo y lo
libera, cortando los lazos que ataban a Mendoza al fardo. Lo hizo sin
ánimo de vengarse, con amor...Y Mendoza fue libre al fin...
Cristianos que continúan esclavos
Sorprende el número de cristianos que permanecen
atados por los lazos de la culpa. "Aborté cuando era adolescente",
"Por mi irresponsabilidad eché a perder el matrimonio",
"Robé en la empresa donde laboraba"... La lista podría
hacerse interminable. Hombres y mujeres que, pese a que Dios les perdonó
por la obra de su Hijo en la cruz, siguen autoflagelándose por
errores cometidos años atrás.
Imagine por un instante a un hombre que llega al
servicio dominical en la iglesia. Deja junto a la silla una enorme piedra,
es decir, el sentimiento de culpabilidad que le acompaña. Se
goza con la alabanza y siente cómo se conmueve su corazón
durante el sermón. Concluido el culto, todos regresan a casa
sonrientes, edificados espiritualmente. Sin embargo el amigo de nuestra
historia toma de nuevo la pesada carga y sale lentamente. ¿Es
libre?...No, sigue atado por la culpa...
Consecuencias
Quien vive presa de la culpa, a pesar de que nuestro
Señor Jesucristo le abre las puertas para que rompa las cadenas,
sufre las consecuencias que describe magistralmente el almo 32: "Mientras
callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día...Se
volvió mi verdor en sequedales de verano"(versículos
3 y 4).¡No hay mejor forma para describir las consecuencias de
la culpa en las áreas física y emocional!, a lo que se
suma una falta de sentido para vivir. Todo a nuestro alrededor se torna
gris, monótono. Pareciera que hasta las flores pierden su encanto
y las apreciamos opacas, tal como percibimos el mundo.
Un cristiano agobiado por la culpa deja de orar
con entusiasmo, no quiere colaborar con las actividades de la iglesia
e ir al culto se le convierte en un verdadero martirio.
Volvernos a Dios, la respuesta
Alguien me escribió: "No quiero orar,
siento desgano, ¿Tiene alguna sugerencia?". La respuesta
fue sencilla, creo que le dejó bastante aturdido: "Arrodíllese
delante de Dios y desahóguese. Derrámele todo su corazón.
No le oculte nada, dígale cómo se siente. No se guarde
nada, incluso si estuviera molesto. No se guarde absolutamente nada".
El rey David lo describió en estas palabras:"Te
manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije:
Confesaré mis transgresiones al Señor; y tu perdonaste
la culpa de mi pecado"(Salmo 32:5 Versión La Biblia de Las
Américas). La forma como responde Dios es hermosa:"El (Dios)
volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras
iniquidades, y echará en lo profundo del mar nuestros pecados"(Miqueas
7:19).
Surge aquí un razonamiento sencillo: Si
Dios ya nos perdonó, no importa lo que hayamos hecho, no tiene
sentido que nos sigamos flagelando con la sensación de culpabilidad.
Hace algún tiempo un jugador de fútbol
ofendió y agredió a su entrenador. Un incidente bochornoso.
Los aficionados pensaban que sería expulsado del equipo. Minutos
antes de una conferencia de prensa con el entrenador, el joven le pidió
perdón: "Excúseme, me dejé llevar por la ira.
Admito que cometí una locura". Una vez en la reunión,
uno de los periodistas le preguntó: "¿Cómo
sancionará al mediocampista que le ofendió?". "El
ya me pidió perdón, así es que no recuerdo el incidente...Y
por lo tanto, no habrá sanción", respondió.
Dios ya le perdonó, ahora usted está
obligado a perdonarse a sí mismo. Eso es verdadero amor, tal
como lo pide nuestro Señor.
En adelante, cuando lo asalten pensamientos que
le confrontan con su pasado. Recuerde e incluso dígalo en voz
alta: "Dios ya me perdonó, y yo también...Por tanto,
ese mal recuerdo no tiene poder sobre mí". ¡Rompa
esas cadenas!¡Sea libre!.
Fernando Alexis Jiménez

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