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Publicado el 22 de Julio del 2001
Heraldos de la Palabra: Cristianismo
¡El precio de seguir a Jesucristo!
Fueron muchos años de sufrimiento. Golpes,
ultrajes verbales, castigos. Todo en una conjunción de dolor
que parecía no tener fin. A sus setenta años, las heridas
duelen más. "Reniega de tu Dios", gritaban los guardias
en aquel campo de concentración, en China. Pero contrario a eso,
Ah Ling sacaba fuerzas, desde lo más profundo de su fe, y gritaba:
"Jesús es el Señor".
Llovían los puñetazos, y castigos
como hacer pesados ejercicios en presencia de los demás prisioneros.
"Reniega de tu Dios", y ella, a voz en cuelo: "Jesús
es el Señor". Hoy, con las cicatrices de todo el suplicio,
comenta con entusiasmo: "Me daba gozo testificar frente a los prisioneros
y los oficiales". Pese a toda la persecución, la humilde
iglesita de Huadu sigue firme, constante.
Los hechos revelan que seguir a Jesucristo exige
pagar un precio. Para algunos es muy alto, para otros no tanto. Todo
depende de nuestra disposición para ser tratados por Dios para
nuestra posterior utilización en Su obra. Esta situación
la encontramos descrita de una manera gráfica en el llamamiento
de Abram.
1.- Demanda disposición para renunciar
Servir a Dios implica en muchos casos renunciar
a cosas que pueden parecernos de sumo valor: la popularidad y la fama,
la vanagloria por nuestros logros académicos o sociales, el trabajo
al que quizá hemos convertido en un ídolo o a las cosas
que nos generan relativa seguridad.
"El Señor le dijo a Abram: deja tu
tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que
te mostraré" (Génesis 12:1) Prácticamente,
el llamamiento de Dios le demandaba dejar a un lado todo aquello que
le representaba valor, identidad y esperanzas de un mañana sólido
y seguro. Era tanto como decirle a Dios: "Mi futuro está
en tus manos".
Usted que sirve al Señor Todopoderoso ¿Está
dispuesto a someter su vida, su destino y sus sueños en manos
de Dios? ¿O quizá hay todavía algo de lo que no
quiere desprenderse? Meditemos en algo más: el Señor no
le entregó a Abram un cuidadoso itinerario. Simplemente le dijo:
"...vete a la tierra que te mostraré". Una convocatoria
así nos lleva a dos cosas: la primera, depender diariamente del
Creador, porque no sabemos a dónde nos llevará mañana;
y la segunda: confiar absolutamente en El, sabiendo que si seguimos
sus instrucciones al pie de la letra, llevará nuestra embarcación
a puerto seguro.
2.- Demanda confiar en sus promesas
Un joven me abordó al terminar de predicar
en una campaña evangelística: "Fernando, me dice,
Dios de diversos medios y en diferentes circunstancias me ha prometido
llevarme a predicar el evangelio a las naciones ¿Es estro posible?
¿veré materializado ese llamamiento al evangelismo?".
Le respondí lo que comparto con usted ahora: Eso depende ¿De
qué? De si confiamos plenamente que Dios, que todo lo puede,
cumplirá sus promesas. En segunda instancia, depende de nuestra
fidelidad. El Señor no puede abrir las puertas para que alguien
inmoral, de mal testimonio y alejado de Él, predique el evangelio.
Si no ora, evade leer la Palabra de Dios y se encuentra inmerso en los
placeres del mundo, no espere grandes cosas. Es necesario confiar que
Dios cumplirá, pero ser fieles a Él.
A Abram le tocó depositar toda su confianza en
el anuncio divino: "Haré de ti una nación grande,
y te bendeciré; haré famoso tu nombre, y serás
una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré
a los que te maldigan. Por medio de tí serán bendecidas
todas las familias de la tierra". (Génesis 12:2-3).
Si el patriarca hubiese dudado o quizá dejara
de lado las promesas, no se habrían cumplido, como es casi evidente.
Quien sirve, ama o busca seguir a Dios, aprende a confiar, así
el mundo se burle o manifiesta escepticismo. Fe es confiar, aún
contra la corriente.
3.- Demanda obediencia
No dudo que en el calor del mediodía o acariciado
por la brisa del atardecer, Abram debió meditar una y otra vez
en el llamamiento de Dios. El asunto debió darle vueltas en la
cabeza una y otra vez. Posiblemente hasta perdió el sueño
y debió levantarse a mirar la televisión, pasada la medianoche.
Pero cuando decidió confiar en el Padre Celestial, dio un segundo
paso de suma importancia: obedeció. "Abram partió,
tal como el Señor se lo había ordenado, y Lot se fue con
él. Abram tenía setenta y cinco años cuando salió
de Harán" (Versículo 4).
Obedecer es cumplir, así no entendamos o
no compartamos el mandato. Y algo más. El patriarca no era un
joven recién regresado de la preparatoria, con bríos y
convencimiento de ser un ganador. Nada de eso, tenía sus años.
Y aquí hay un hecho que quiero subrayar: los límites los
colocamos nosotros, no los pone Dios. Somos usted y yo quienes buscamos
pretextos, olvidando que si el señor nos llamó, es porque
sabía de antemano que podríamos cumplir la misión.
4.- Demanda sostener una íntima relación con El
Jamás he podido entender cómo algunos
pastores y líderes pretenden ser eficaces en el ministerio, si
no pasan tiempo en oración con Dios, el "Gerente General"
de la obra, y además, la fuente de todo nuestro poder.
Si anhelamos un desempeño efectivo, que
ejerza una poderosa influencia en el mundo, estamos llamados a pasar
tiempo en el lugar secreto, hablando con nuestro amoroso Padre. En este
aspecto Abram nos ofrece nuevamente ejemplo: "...el Señor
se le apareció a Abram y le dijo: Yo le daré esta tierra
a tu descendencia". Entonces Abram erigió un altar al Señor,
porque se le había aparecido. De allí se dirigió
a la región montañosa que está al este de Betel,
donde armó su campamento... También en ese lugar erigió
un altar al Señor e invocó su nombre" (Versículos
7 y 8).
Estos cinco puntos sintetizan el precio que pagan
quienes desean servir y caminar con Dios de una forma eficaz. ¿Está
fallando en algo? Hoy es su oportunidad para reencontrarse con el Jefe
Supremo, quien le llamó a trabajar en su obra. Es el día
de reanudar su intimidad con Él. Le aseguro que su ministerio
reverdecerá de nuevo y volverá a sentir que por la misericordia
de Dios, está volando hacia nuevas alturas.
Fernando Alexis Jiménez

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