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Publicado el 20 de Julio del 2001
heraldos de la Palabra: Cristianismo
¡Cuidado con su testimonio!
La partida de ajedrez estaba en un
punto muerto, en esa fase en la que cada contendor se siente por igual,
ganador y perdedor. Ocho de la noche. Un buen número de curiosos
alrededor...
"Si mueve el alfil, tal vez...", murmuró
quedamente un espectador, en un verdadero susurro que por la tensión
del momento, lo escucharon todos. Uno de los jugadores le miró,
entre inquisitivo y expectante. Luego fijó de nuevo su atención
en el tablero. "Moviste una ficha, aprovechando mi descuido",
increpó al rival de ocasión. "No, no lo hice...",
"Si, lo hiciste, eres un tramposo" recriminó. Un empujón...,
las fichas de ajedrez se desparramaron...Lo demás fue una gresca.
"Allí estaba, en el suelo, junto con
mi Biblia. Sentí que la sangre se agolpaba en mi rostro. Aunque
quise contenerme, no pude. Agredí a quien por años había
sido mi mejor amigo. Fue absurdo, lo admito. Lo que más me avergonzó
fue que uno a uno los curiosos se fueron alejando mientras comentaban:
Y eso que es evangélico...Me sentí un hipócrita,
un fracasado...Y todo por un juego". La voz de Alejandro, un jubilado
de sesenta años y miembro activo de la iglesia, revelaba la sinceridad
de quien se encuentra arrepentido. Confesó el hecho para explicar
la razón por la cual no quería volver a la iglesia. "Siento
que todos me miran y me acusan...", dijo.
Le suena familiar...
¡Le ha ocurrido alguna vez que el temperamento
le jugó una mala pasada?¿Una palabra vulgar, quizá?¿un
gesto de desagrado que su prójimo interpretó como desprecio
o humillación?¿un rapto de ira que le echó a perder
el momento? ¿una discusión por una insignificancia?
Si le ocurrió algo parecido, nos identificamos
en un hecho: usted y yo libramos una dura batalla con la vieja naturaleza,
que amenaza con tirar por la borda el testimonio que debemos guardar.
El apóstol Pablo describió esta situación
de forma magistral: "Porque lo que yo hago, no lo entiendo; pues
no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago...Y yo se que
en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer
el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago
el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago"(Romanos
7:15, 18-19).
Cuidando su testimonio
La totalidad de nuestro ser debe estar sometida
a Dios. Es cierto que la antigua naturaleza nos sigue como una sombra.
Por momentos la condición pecaminosa, con todo lo que implica,
quiere saltar como una fiera. Es una realidad que no podemos ignorar.
Frente a esta situación, Pablo plantea tres
elementos de suma importancia. El primero, que como creyentes no podemos
seguir atados con el hombre del pasado. Así queramos reaccionar
con temor o violencia, debemos reafirmar en el corazón y en la
mente un pensamiento claro: tenemos una nueva identificad, ahora somos
hijos de Dios. "En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos
del viejo hombre que está viciado conforme a los deseos engañosos"(Efesios
4:22).
Un segundo aspecto radica en pedirle a Dios que
limpie toda la información que teníamos acumulada, y que
nos llevaban a responder con agresividad, rencor, resentimiento y otras
actitudes a la vista contrarias a un cristiano, cuando sentíamos
que alguien o algo nos estaba atacando:"...y renovaos en el espíritu
de vuestra mente" (versículo 23). Una renovación
no es nada fácil, y se complicas más si queremos hacerlo
a nuestra . Es únicamente Dios quien puede operar esa transformación
mental, y por ende, de nuestras actitudes, que tanto nos hace falta.
Un tercer punto, igualmente trascendente: debemos
pedirle a Dios que nos lleve a obrar conforme lo hacen sus hijos:"...y
vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en justicia
y santidad de la verdad"(versículo 24).
Mírese al espejo, hágalo con detenimiento.
Aquella persona que refleja el vidrio, no es ni puede ser la de ayer,
porque hoy ya tiene a alguien que le ayuda a caminar conforme a la verdad,
en rectitud y pureza. Cuando entienda que es un hombre nuevo, libre
que ya no tiene por qué estar atado al ayer, piense y actúe
conforme a su nueva identidad. ¡Ya Jesucristo lo hizo libre!.
Tal vez le ha ocurrido que, cuando tiene un vestido
deteriorado por el uso, no le preocupa utilizarlo cuando hace algo doméstico.
No le preocupa si se mancha, al fin y al cabo, ya está concluyendo
su ciclo de vida útil como prenda de vestir. Pero si tiene un
vestido nuevo o recién salido de la tintorería...El asunto
es a otro precio...No se atrevería a marcharlo y menos a saltar
un charco, por temor a que se ensucie...Traslade esa figura a su nueva
condición y tendrá la respuesta. ¿Seguir dando
mal testimonio? No, perdóneme pero no podría hacerlo,
ahora soy cristiano...Antes gobernaba mi situación de pecado,
hoy domina el hombre libre en Jesús...
Someterse a Dios, la solución
Si todavía persiste una tendencia a airarse
con facilidad, a ofender, agredir a los demás, decir palabrotas,
maldecir y sinnúmero de actitudes que no están conforme
a las Escrituras, es probable que todavía no haya sometido todo
su ser a Jesucristo. Está luchando en sus fuerzas y lo más
probable es que siempre enfrentará la derrota.
Superar estas penosas situaciones es todo un proceso,
fundamentalmente de sometimiento a Dios. Es decirle:"Ayúdame
a cambiar, porque humanamente no soy capaz".
En palabras del apóstol Pablo, el asunto
se sintetiza en pocas palabras: "Haced morir, pues, lo terrenal
en vosotros...habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos,
y revestíos del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo
creó, se va renovando hasta el conocimiento pleno..."(Colosenses
3:5, 9-11).
Es un proceso, de rendirnos a Aquel que puede transformar
nuestro carácter y emociones. ¡No se desanime! Dependa
del Señor y pídale a El que le ayude cada nuevo día
a guardar el testimonio...¡Dios responderá!...
Fernando Alexis Jiménez

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